Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

Seamos inteligentes

El pasado 22 de mayo se conmemoró el Día Internacional de la Diversidad Biológica. Recuerda la aprobación de la Convención sobre la Diversidad Biológica firmada en 1992 en Río de Janeiro.

Desde entonces mucha agua ha corrido bajo el puente, especialmente en lo que tiene que ver con la comprensión popular y la toma de conciencia de su importancia para la humanidad. Al principio la opinión pública consideraba que estos eran temas de interés de especialistas en la materia y de personas amantes de las plantas y los animales. Por lo tanto, se relativizaba su importancia.

El tiempo fue pasando, el conocimiento aumentando, y a casi 30 años de RIO’92 la comprensión de su importancia maduró significativamente. Aunque aún hoy se siguen escuchando preguntas como ¿para qué sirve tal o cual especie?, o ¿qué utilidad tiene este monte o aquel bañado?

Debemos recordar que hablar de biodiversidad nacional implica referirnos a la variedad de formas vivientes que prosperan en nuestro territorio (terrestre, acuático y aéreo), a los diferentes hábitats que lo conforman (incluye sus componentes biótico e inerte), pero también a lo genético dentro de cada especie, como son por ejemplo las variedades de cultivos y razas de ganados.

De hecho, el Homo sapiens es un exponente más de la diversidad biológica de nuestro planeta, y por esa razón estamos sometidos a las mismas leyes, exhibiendo, como todas, nuestras fortalezas y debilidades.

Tomar conciencia de ello, aceptar esa realidad es lo que más nos ha costado, y de hecho lo sigue haciendo. Pero hemos avanzado.

Como se ha repetido en numerosas oportunidades, “si la biodiversidad tiene un problema, la humanidad tiene un problema”. Es una simplificación muy atinada porque encierra el concepto de base que alerta sobre nuestra dependencia absoluta de la salud de los ecosistemas en los cuales vivimos.

No debemos confiarnos en que a pesar de todo lo que hemos modificado el entorno, aun así prosperamos con relativo éxito. Ese triunfalismo es una abstracción sin fundamento científico, que debe procesarse debidamente.

Al igual que nuestro organismo, los ecosistemas tienen una resiliencia importante, que le permite realizar ajustes a cambios, vaivenes y eventos de distintas magnitudes. Pero cuando ocurren, las condiciones varían y ellas impactan favorable o desfavorablemente sobre la estructura y el funcionamiento del sistema.

La ciencia, la experiencia y el sentido común son los principales argumentos que tenemos para transformarnos en inteligentes “gerenciadores” de nuestros ecosistemas.

El gran desafío sigue siendo hasta dónde modificar sin provocar daños permanentes en la calidad ambiental. Esta amplia visión de la realidad es la que confirma la importancia que tiene, por ejemplo, el buen funcionamiento de un sistema nacional de áreas protegidas, integrado al manejo productivo del territorio.

Sabemos que la pérdida de biodiversidad impacta en el cambio climático, aumenta la frecuencia e intensidad de los eventos naturales (sequías, inundaciones, tornados, etc.), y seguramente podría incrementar los casos de zoonosis (enfermedades de animales a los humanos) como parece ser la actual pandemia Covid-19. Hay que estar muy alerta.

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