Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

Ante el mayor desafío

La influencia de la humanidad en la dinámica de nuestro planeta es tal que estamos viviendo una nueva época geológica denominada antropoceno.

Implica lo bueno y lo malo del presente pero, por encima de ello nos plantea el enorme desafío de asumir la total responsabilidad del impacto sobre el cambio climático que estamos provocando.

La ciencia nos advierte que el aumento de cada grado de calentamiento global de la atmósfera importa, y mucho; porque tiene consecuencias serias sobre los ecosistemas.

Las agencias especializadas de Naciones Unidas, como la Organización Meteorológica Mundial, el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente y el Comité Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático coinciden en la urgencia de lograr una transformación socioeconómica a gran escala, en áreas claves como la energía y el uso de la tierra.

En tiempo de las promesas y los compromisos retóricos debe quedar atrás para dar paso a las acciones efectivas y comprometidas que concreten una profunda descarbonización de las actividades humanas, la reducción del dióxido de carbono de la atmósfera y la protección de los sumideros de carbono.

Las manifestaciones del problema están a la vista por todo el planeta, registrándose en el último decenio récords en olas de calor, incendios, ciclones, inundaciones, sequías, deshielos marinos y glaciares, elevación del nivel del mar y acidificación de las aguas oceánicas.

Los datos objetivos confirman que la última vez que la atmósfera de la Tierra contenía 400 partes por millón de CO2 fue hace entre tres y cinco millones de años, cuando la temperatura media global de la superficie era de 2 a 3 grados centígrados más cálida que hoy. A partir de esa situación los hielos polares se derritieron y el nivel global de mar ascendió de 10 a 20 metros en comparación con el actual. Imaginemos por un instante lo que significaría la desaparición de las actuales costas de nuestro país, entre otras implicaciones.

A pesar del extraordinario crecimiento en el uso de combustibles renovables registrados en la última década, los fósiles siguen dominando el escenario mundial. De hecho, año a año se incrementa más su uso que el de las energía limpias.

¿Es posible detener esta tendencia?

Sí, pero implica un enorme desafío porque debemos llegar a una situación aún lejana en la cual los costes también acompañen.

Al mismo tiempo se debe trabajar muy fuerte en potenciar los sumideros de carbono, especialmente la vegetación y los océanos. Implica reducir la deforestación, impulsar la reforestación, gestionar los suelos con mayor cuidado, y cuidar los mares de la creciente contaminación que padecen.

En ese sentido nuestro continente debe combatir con mucha firmeza los programas que impulsan la deforestación de la selva con el fin de desarrollar ganadería extensiva en esas tierras, pues libera CO2 al destruir la masa arbórea -eliminando su función de sumidero- y el ganado remplazante emite metano -el gas de efecto invernadero más potente.

Aunque pueda sonar rimbombante, debemos pensar y adaptarnos a un mundo nuevo; así lo exigen los desafíos que enfrentamos, y la obligación de buscar siempre el mejor futuro posible.

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