Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

De mal en peor

Aunque los ciudadanos comunes estamos recibiendo inequívocas señales del aumento de los efectos negativos del cambio climático en nuestras vidas, no se percibe ninguna reacción en las autoridades y tomadores de decisiones.

Aunque los ciudadanos comunes estamos recibiendo inequívocas señales del aumento de los efectos negativos del cambio climático en nuestras vidas, no se percibe ninguna reacción en las autoridades y tomadores de decisiones.

Creer que el buen funcionamiento de Comités de Crisis u otros organismos preparados para afrontar catástrofes naturales es la respuesta correcta al problema, significa no atacarlo en su raíz.
La Organización Meteorológica Mundial anunció días atrás que las concentraciones mensuales de dióxido de carbono en la atmósfera por primera vez superaron el umbral de 400 partes por millón en el hemisferio norte. Significa que el incremento térmico global podría superar los 2 grados centígrados, lo que aumentará en número e intensidad los eventos naturales más dañinos.

A partir del Protocolo de Kyoto (1997) se abrió una puerta de esperanza en materia de reducción de emisiones a escala planetaria, que luego se cerró. Pero la vigencia del protocolo finalizó y se supone que en la cumbre del año entrante —COP 21 en París— las naciones del planeta firmarán un nuevo acuerdo, ajustado a la deteriorada situación actual, que incluya el compromiso de todas las naciones en materia de mitigación de las emisiones de gases de invernadero, así como las ayudas económicas para la adaptación de los países no desarrollados al cambio climático.

Nada más alejado de la realidad. En 2011, y como el manotón de ahogado, en la frustrante COP 17 de Sudáfrica se creó el Grupo de Trabajo sobre la Plataforma de Durban para Acción Reforzada (Grupo ADP), con el fin de preparar un instrumento jurídicamente vinculante en la materia, que involucre a todos los países. Recordemos que el Protocolo de Kyoto solo obligaba a los países industrializados.

Pasó más de la mitad del tiempo disponible con miras a la cumbre de Paris (2015) durante la cual debería firmarse el nuevo acuerdo y ni siquiera se tiene un texto de negociación para discutir entre todos los países. El pronóstico es malo.

Es más, en diciembre de este año se realizará la COP 20 en Lima (Perú) y por ahora nada indica que se llegará con algo concreto para negociar.
¿Cuál es el problema de fondo? El dinero.

Aunque la Convención de Cambio Climático establece con claridad la responsabilidad de los países desarrollados de aportar los dineros necesarios, para afrontar la adaptación del resto de las naciones a los efectos climáticos, en los hechos no existe la voluntad de cumplir con ella. Estamos hablando de cifras multimillonarias considerando lo que está ocurriendo en todo el planeta.

Por su parte los países desarrollados exigen que todas las naciones se comprometan con la reducción de emisiones.

En la Cumbre de Varsovia del año pasado, se creó el Mecanismo para Pérdidas y Daños con el fin de entusiasmar a los países más vulnerables. Pero han pasado los meses y no hay ningún progreso.
Sin estas señales claras de que se asume un compromiso cierto con la ayuda económica a los países en desarrollo, está condenado al fracaso todo el proceso de negociación en materia del cambio climático.

Mientras tanto, el comportamiento climático cada vez se ensaña más con la vida de los pueblos. Seguir de brazos cruzados es un acto de extrema irresponsabilidad.

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