Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

La hora de la verdad

Comenzó en París la cumbre más importante en lo que va de este siglo. No es exagerado decir que debido al cambio climático el futuro de la población mundial se halla en una encrucijada histórica. Este fenómeno viene anunciando variaciones adversas a los intereses y necesidades humanas, las que irán aumentando con el tiempo, según confirma el mundo científico y académico.

Comenzó en París la cumbre más importante en lo que va de este siglo. No es exagerado decir que debido al cambio climático el futuro de la población mundial se halla en una encrucijada histórica. Este fenómeno viene anunciando variaciones adversas a los intereses y necesidades humanas, las que irán aumentando con el tiempo, según confirma el mundo científico y académico.

La pregunta a responder es si nuestros tomadores de decisiones estarán a la altura de las circunstancias. Todo indica que no será así.

Recordemos que en la COP 17 de Durban (2011) se acordó elaborar un instrumento jurídico, un acuerdo mundial con fuerza legal -en el marco de la Convención de Cambio Climático- que a más tardar en 2015 se aprobará -y entrará en vigor en 2020-, dando tiempo suficiente para que los países realizaran las transformaciones y ajustes necesarios para su cabal cumplimiento.

Tras cuatro años de arduas negociaciones, hoy nos hallamos en un punto crítico por su notoria lejanía con los objetivos de Durban.

Una señal inequívoca de ello se desprende de lo expresado por el presidente Obama en la apertura de la COP 21 de París. Dijo que el mundo se encuentra en un punto de inflexión que supone el momento en el que decidimos firmemente salvar nuestro planeta. “Si se actúa ahora, no sería demasiado tarde para las próximas generaciones.” Reconoció que su país, como primera economía mundial y segundo emisor de gases de efecto invernadero, juega un fuerte papel en el calentamiento global y asume “su responsabilidad de hacer algo”. Y finalizó con la exhortación de “pongámonos a trabajar”.

Resulta desalentador escuchar este tibio compromiso de un líder tan influyente a escala global luego de todo el camino recorrido desde que se aprobó el Protocolo de Kioto en 1997 -que entró en vigencia en 2005- y que Estados Unidos nunca suscribió.

El reto para la humanidad es lograr mantener el incremento de la temperatura global de la Tierra por debajo de los dos grados centígrados, en comparación con la de la etapa preindustrial. Dicho así no parece mucho, pero sí lo es. Según los expertos, si pudiésemos respetar ese límite nos aseguraríamos que el comportamiento del clima no alcance niveles peligrosos para el bienestar de los pueblos.

Al no haberse acordado a escala mundial las reducciones de las emisiones que compatibilicen con este objetivo, el plan B son las Contribuciones Nacionales Determinadas Tentativas (INDC). Se trata de compromisos individuales asumidos voluntariamente por la mayoría de los países de cara a la COP 21, como contribución a la mitigación y adaptación al cambio climático. La diferencia es abismal, porque con estos niveles de compromisos ya se sabe que no se podrá evitar que el incremento supere los 2 grados. Ante este panorama ya confirmado, la adaptación pasa a ser una estrategia clave para nuestra supervivencia en el mediano y largo plazo.

Todo se reduce a un asunto de dinero. Poco importa la gravedad de la situación que enfrenta la humanidad y las responsabilidades históricas que muchos países tienen en la génesis y evolución del problema, pues a la hora de asumir compromisos valientes y lograr acuerdos responsables, se opta por privilegiar intereses nacionales y sectoriales.

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