Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

Claves de la sustentabilidad

Enfrentamos enormes desafíos, que todos los días parecen sorprendernos con mayores dificultades. En el inicio de la lista se ubica el cambio climático, fenómeno tan global y peligroso que, según los científicos más respetados, podrá arruinarnos el futuro.

Le siguen asuntos trascendentes por su alto impacto social como, encauzar dentro de la sustentabilidad la gestión de cuencas y acuíferos, las políticas energéticas, la conservación de la diversidad biológica, la generación y disposición final de los residuos; y todo ello dentro de un marco social con equidad.

Nada de esto parece ni remotamente posible de lograr sin un robusto proceso masivo de educación de calidad, con una evidente jerarquización de los valores ambientales que caracterizan nuestra realidad.

No vemos otro camino posible que el de la educación para encaminarnos hacia una sociedad más empoderada (en su versión bien entendida o sea dentro del marco legal), que nos guie con determinación, convicción y conocimiento de causa hacia una equilibrada gobernanza.

A pesar de los enormes esfuerzos educativos que se han realizado a lo largo y ancho del planeta, tenemos la sensación de que hemos cosechado muchos más fracasos que aciertos, a juzgar por los resultados a la vista.

Priman las conductas egoístas y descuidadas sobre aquellas que priorizan el bien común, el respeto a los derechos de los demás y el cuidado del entorno.

Todo indica que los procesos de educación formal, no formal e informal deben replantearse, porque en muchos sentidos -y quizás sin proponérnoslo- los resultados generales confirmarían que hemos concretado más instrucción que educación.

Aggionar la pedagogía, modernizar la didáctica -tanto los métodos y procedimientos como las técnicas y recursos- son parte esencial de una transformación que debe acompañar, sin rezagos, los avances científicos y tecnológicos que empujan a las sociedades hacia una modernidad tan acelerada como desconocida.

Creemos que la educación ambiental sobresale como la idónea, para liderar la revolución conductual de la humanidad del siglo XXI, si pretendemos transformar las grandes crisis que nos asuelan en verdaderas oportunidades de desarrollo, crecimiento, justicia social y homeostasis ambiental.

No se trata de reflexiones utópicas propias de ruedas de cafés entre amigos, sino de conclusiones a las que arribamos luego de analizar sin prisa el porqué de tantos magros resultados y frustraciones en el terreno de los logros educativos, verificados en todas partes.

La educación ambiental tiene muchas décadas de experiencia “ensayo-error”, de coexistencia con los sistemas tradicionales de la educación, y también de haber alcanzados logros importantes. Basta comparar el nivel de conciencia ambiental que se percibe hoy, con la rareza que significaba su manifestación hace treinta años.

Pero los desafíos actuales nos obligan a demostrar un compromiso individual y colectivo mucho mayor con los principios de equidad, sustentabilidad y conservación. Solo parece posible acercarnos a paso firme a esos objetivos si fortalecemos la gobernanza de manera equilibrada y democrática mediante acertados procesos educativos.

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