Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

Las cianobacterias

Cuando llega la temporada estival es cuando solemos acordarnos de las cianobacterias. Su desagradable presencia en las orillas de playas, ríos, arroyos, embalses y lagunas, simplemente confirma que alcanzaron una concentración peligrosa para la salud humana y animal.

En otras palabras, se alteraron equilibrios naturales en varios ecosistemas debido a los impactos ambientales provocados por excesos cometidos en algunas actividades humanas, y potenciados por condiciones climáticas favorables a las floraciones bacterianas.

Este fenómeno viene en aumento desde hace medio siglo, pero con una aceleración notoria en el último decenio. ¿Por qué? Porque cambió la producción agropecuaria en el país, sobre todo en su escala e intensidad.

Los factores son varios. En primer lugar hay que considerar que es un fenómeno esencialmente de agua dulce, favorecido por determinadas condiciones ambientales y antrópicas. El clima y los fenómenos meteorológicos tienen una enorme incidencia. Esta primavera-verano se perfiló con un déficit hídrico importante, lo que provocó que los arroyos y ríos tuvieran poca agua y disminuyeran significativamente sus aportes tributarios al Río de la Plata y también al Atlántico. En otras palabras, el agua salada se extendió bastante más al oeste del estuario de lo habitual, desfavoreciendo la presencia de las cianobacterias, tanto por el mayor tenor en salitre como por su temperatura más baja.

Los vientos también influyen mucho en el comportamiento de estos microorganismos, porque para favorecer su multiplicación necesitan luz y estar en aguas tranquilas. Al estar turbia, la luz penetra mucho menos en la columna de agua, y los nutrientes se disipan rápidamente con el oleaje. Hasta ahora este verano se ha caracterizado por ser muy ventoso, conspirando contra la proliferación de bacterias.

En cuanto a las causas antrópicas del fenómeno, sabemos que la producción agropecuaria y la industria son las fuentes principales de los nutrientes que provocan las llamadas mareas verdes. El fósforo y el nitrógeno aportados a los cursos de agua son el alimento necesario para que las bacterias proliferen de manera exponencial.

La fertilización de los suelos suele producir un excedente residual, que las lluvias se encargan de arrastrar hacia los cursos de agua. De esta forma la dinámica hidrológica termina garantizando la circulación de nutrientes más allá de donde se produjo la aplicación. Algo similar ocurre con los desechos de la ganadería y de los tambos.

Por lo tanto, el problema cíclico que enfrentamos se puede minimizar a través de la implementación de políticas y prácticas convenientes.

Si bien hay factores climáticos que no podemos manejar, sí es posible intervenir en el asunto tomando decisiones que regulen su desarrollo, como se viene haciendo con relativo éxito. La reducción de la liberación excesiva de fósforo y nitrógeno al suelo es algo que merece toda nuestra atención. También el control de los abrevaderos del ganado en los cursos de agua.

También sabemos que la restauración del monte ribereño es una estrategia que produce beneficios múltiples, todos positivos. Algún día no lejano, deberá transformarse en una política nacional activa y eficaz.

Hay mucho por hacer.

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