Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

Cambio cultural

Con el paso de los años ha crecido considerablemente el rechazo social a las actividades cinegéticas como entretenimiento. Es una de las consecuencias del aumento lento y paulatino de la toma de consciencia del valor de la vida per se y de la naturaleza.

Con el paso de los años ha crecido considerablemente el rechazo social a las actividades cinegéticas como entretenimiento. Es una de las consecuencias del aumento lento y paulatino de la toma de consciencia del valor de la vida per se y de la naturaleza.

Si bien la caza es una típica actividad ancestral, que en muchas personas todavía aflora como instinto atávico por capturar animales, también es cierto que la educación y la cultura son responsables de la construcción de las personas de nuestro tiempo, más racionales que instintivas.

Estamos profundamente en contra de todas las modalidades de caza de animales que implican la captura o la muerte de la presa, salvo cuando responden a necesidades de sobrevivencia de las personas o de controles poblacionales necesarios.

Se puede satisfacer perfectamente el disfrute de salir al campo, de buscar la presa, de ubicarla y disfrutarla in fraganti, pero no debería permitirse su captura o ejecución.

Ni siquiera aunque se pague por ello o se trate de ejemplares criados y liberados para que el cazador haga puntería.

Extraer animales del medio silvestre significa una acción que debería evitarse porque afecta los frágiles equilibrios ecológicos que hoy caracterizan a todos los ecosistemas.

Pero además hay un aspecto ético que no es menor. De a poco vamos incorporando el valor a la vida en todas sus manifestaciones. Significa que, aunque los seres humanos siempre hemos intervenido en nuestro entorno vital, nos damos cuenta ahora que nuestras acciones tienen consecuencias, aunque muchas veces puedan resultar casi imperceptibles.

Lo que está en discusión es un avance ético importante. El hecho de que una actividad pueda ser legal no significa que uno esté de acuerdo con ella y la ejecute.

Hay que evitar la crueldad innecesaria de ejecutar a un animal simplemente para demostrarnos que podemos ser sigilosos en un monte, o que tenemos buena puntería, o que deseamos obtener una foto con la presa abatida o un trofeo para su exhibición. Ni siquiera estamos considerando el delito de la cacería ilegal y menos aún de la captura de ejemplares de especies en peligro de extinción.

No compartimos en absoluto argumentos a favor de la caza como la generación de recursos económicos (“turismo cinegético”) o el control de las poblaciones silvestres. Está ampliamente demostrada la conveniencia económica que significa el “turismo fotográfico” sobre el “cinegético” por la simple razón de que el mismo ejemplar se “vende” muchas veces al visitante y no una sola. Debería ser igualmente excitante y satisfactoria para los cazadores, pues la única diferencia que tiene esta alternativa es que al momento crucial del disparo, en lugar de jalar un gatillo se activa el “clic” de la cámara fotográfica.

En cuanto al control poblacional, el propio ecosistema tiene sus mecanismos, y solamente en ambientes muy alterados es donde se registran plagas que deben ser restringidas.

Quién puede estar en contra de preservar la extrema belleza que un animal salvaje brinda cuando se lo observa en su medio natural. No es casualidad que muchos antiguos cazadores se volvieran conservacionistas.

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