Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

Amazonas en llamas

Lo primero que hay que decir sobre la tragedia que vive Sudamérica debida a la proliferación demencial de incendios en la Amazonia, es que ha provocado una esperanzadora reacción mundial, que no ocurría en el pasado.

De poco servían las denuncias realizadas desde los años 60, pues no lograban preocupar a la opinión pública, y menos aún a los grandes tomadores de decisión.

El cambio más significativo en esta transformación ocurrió con “la llegada” del cambio climático como tema estratégico para el desarrollo de las naciones. Fueron los hechos los que provocaron que se tomara conciencia de los directos impactos que tiene el calentamiento global sobre las economías (grandes pérdidas), la salud, la producción y hasta las migraciones humanas.

Hoy miramos con suma preocupación los incendios forestales, enfocados más en esa visión que por la grave pérdida de biodiversidad, el atentado violento contra los derechos humanos de los pueblos originarios o por la seria afectación del sistema hidrológico de toda la región, que ocurren al mismo tiempo.

Dicho esto, entendemos oportuno hacer algunos comentarios sobre el problema de fondo.

Como suele suceder cuando ocurren situaciones muy negativas, los involucrados tratan rápidamente de tomar distancia y buscar responsabilidades lo más lejos posible.

Que el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, desde enero a la fecha detecte más de 74 mil incendios en la región amazónica (83% más que en 2018), dimensiona de forma muy clara la gravedad de la situación.

El proceso es bien conocido. Los interesados en echar mano a porciones de selva tropical para transformarlas en nuevas tierras para la ganadería, la minería o el cultivo de soja; primero, talan los árboles y a los pocos meses queman todo el material vegetal caído (muy combustible).

No hay que ser muy lúcido para comprender que una situación como la actual resulta muy compleja de corregir en el corto plazo, porque involucra enormes extensiones territoriales (Brasil, Bolivia, etc.), numerosos actores -muchas veces difusos-, y se parte de mucha desinformación, lo que facilita esquivar las eventuales culpas.

Lo que no admite discusión es que el número y la concentración de los incendios forestales confirmados indican -con mucha seguridad- el carácter intencional de los fuegos.

Se sospecha que la mayor parte es ilegal, entonces surgen varias preguntas que las autoridades nacionales y locales ya deberían haber respondido: ¿no existen contralores regulares que prevengan atropellos tan dañinos y tan bien conocidos? ¿Por qué no hubo una reacción inmediata de las autoridades competentes apenas constaron los focos y hubo que esperar a las denuncias públicas realizadas desde los medios de comunicación para conseguir que los gobiernos decidieran tomar alguna medida? ¿Se ha detenido a los responsables? ¿Es posible que muchos de los incendios sean parte de una política de deforestación a gran escala apoyada por las autoridades?

De lo que no queda la menor duda es que la gran responsabilidad en este asunto le cabe a los gobernantes de turno en los países amazónicos, con Brasil a la cabeza.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)