Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

Los valores liberales

En los últimos años han pululado libros que postulan la idea de que el liberalismo está en retirada.

Los planteos sobre causas y consecuencias varían, pero suelen tener un hilo conductor: la tesis de Fukuyama de que la caída del socialismo real significó el triunfo de la democracia liberal y el capitalismo de mercado como las únicas opciones viables (o al menos las opciones por defecto) para todos los países, que tras un comienzo prometedor en los noventa no se ha cumplido.

Más aún en los últimos años las victorias electorales de candidatos por izquierda y por derecha manifiestamente antiliberales ponen en cuestión si esos valores que construyeron lo mejor de la civilización seguirán vigentes. El problema del destino de las democracias es preocupante, como lo es el de la economía de mercado, pero yendo más al fondo aún lo que parece en entredicho es la visión ética sobre el ser humano y la sociedad.

Algunos ejemplos pueden resultar ilustrativos. Uno de los principales valores del liberalismo es la defensa de plena vigencia del Estado de Derecho que asegura que el Estado solo puede realizar algunas funciones, aquellas que le están permitidas, mientras que las personas pueden seguir sus propios proyectos de vida mientras no violente leyes generales e impersonales conocidas de antemano. Cada vez más nos acostumbramos a gobernantes que se exceden sin consecuencias y a más limitaciones a las libertades individuales, deslizándonos por una pendiente ciertamente peligrosa.

Otros clásicos valores liberales en entredicho se relacionan con el respeto por el prójimo (que es más que tolerancia, como señaló Popper) que se refleja en una visión cosmopolita e integradora. Pocas derrotas tan marcadas ha tenido el liberalismo en tiempos recientes como la actitud ante los inmigrantes en Estados Unidos o Europa. El miedo al distinto es la antítesis de la visión liberal de la sociedad. Por el contrario, la confianza en el potencial de la colaboración entre personas de diferentes orígenes, razas, religiones y opciones del tipo que sea, es central en la construcción de una sociedad.

Otro aspecto vinculado es el de la comprensión de los órdenes espontáneos, vale decir, entender que el devenir histórico es producto de la acción, pero no del designio de ninguna persona en particular, por lo que el futuro nos es no solo desconocido, sino impredecible. En otras palabras, las miradas retrógradas o retardatarias no son compatibles con el liberalismo, como no lo son las visiones totalitarias que creen que puede construirse un hombre nuevo sin considerar a la tradición como una fuente de conocimiento invalorable.

Finalmente, otro valor liberal expuesto con brillo por Adam Smith tiene que ver con la civilidad y la empatía que las personas sienten por sus semejantes. El cambio de ideas respetuoso mejora a los interlocutores y el comportamiento amable que conlleva apelar a lo mejor y no a lo peor de los demás también están en la base de una sociedad libre.

Es cierto que al otear el horizonte queda la sensación de que los valores liberales están en crisis. Tan cierto como que les debemos lo mejor que tenemos y lo mejor que podemos construir hacia adelante. Ante la tentación de los populismos, hoy más que nunca atados al mástil de la nave del liberalismo.

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