Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

Uruguay, país desarrollado

Cuando la campaña electoral está despuntando es buen momento de plantear un tema, quizá un tanto genérico, pero de vital importancia que es para qué se pretende ganar las elecciones.

Naturalmente, el oficialismo propondrá reafirmar el rumbo y la oposición planteará que es indispensable un cambio, pero más allá de esas visiones muchos parecen estar columbrando un gran objetivo sin encontrarlo.

Nuestro debate cotidiano, incluido el de los economistas y otros analistas de la realidad, está centrado en la coyuntura, vale decir, el comentario del último dato del producto, de la inflación o del desempleo. Cuesta mucho más adentrarse en los temas de largo plazo, que tienen menos cultores y menos prensa pero que, al final del día, son los que determinan el nivel de vida de los habitantes de un país.

Comencemos por el principio; el gran tema que debería plantearse el país, ojalá que con el consenso de todos los partidos, es que debemos convertirnos en un país desarrollado en un plazo razonable; verbigracia, dos décadas. Plantearse un objetivo común y ambicioso, pero a la vez posible, sería positivo para mejorar el clima del debate y para superar la mediocridad con que en general nos contentamos y terminamos naturalizando lo que debería ser inaceptable.

Luego, veamos dónde estamos parados en distintos indicadores como producto por habitantes, indicadores educativos, de salud, sociales, habitacionales, ambientales, institucionales, etc., y reconozcamos fortalezas y debilidades. Es claro que Uruguay tienen buenos indicadores respecto a su calidad democrática, libertad de prensa, derechos individuales, entre otros que son una base importante para plantearse objetivos ambiciosos. Del otro lado, tenemos muy malos indicadores en educación o empeorando en otros temas como fragmentación social en que venimos en un prolongado deterioro paulatino de consecuencias terribles y hoy claramente visibles.

Los grandes temas donde se juega la suerte del país son pocos, pero fundamentales. A modo de apretado resumen son tres las grandes áreas de reformas que hay que acometer; la reforma del sistema educativo, una mejor inserción internacional y una agenda procompetitividad. Las dos primeras son claras de por sí. Necesitamos una Educación que nos vuelva a colocar en la punta de la tabla continental, aumentar la tasa de egreso de secundaria, más años de formación por habitante y más recursos humanos en áreas que hoy limitan la instalación de empresas en el país y ponen un techo a su crecimiento potencial.

Es evidente también a qué apunta la inserción internacional. Ya no podemos esperar por un acuerdo que el Mercosur negocia hace cuatro lustros con la Unión Europea. Necesitamos con urgencia una política proactiva de búsqueda de tratados y en la medida que sea posible una renegociación del Mercosur.

La agenda procompetitividad incluye varios temas: la reforma de la regulación laboral, de la regulación para las empresas, mejora de la competitividad, inversión en infraestructura, entre otros. Durante el año que comienza iremos desgranando cada uno de estos asuntos con más detalle, pero comencemos por donde se debe, por el objetivo: poner al país camino al desarrollo.

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