Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

En Uruguay, se entiende al revés

El cierre de la planta industrial de Sherwin-Williams provocó un caluroso debate por estos días en que tanto el Pit-Cnt cuanto el gobierno no ahorraron calificativos para con la empresa.

El cierre de la planta industrial de Sherwin-Williams provocó un caluroso debate por estos días en que tanto el Pit-Cnt cuanto el gobierno no ahorraron calificativos para con la empresa.

Aparentemente la empresa, que seguirá operando en el país sin su planta industrial, ha anunciado que cumplirá con todas sus obligaciones con los trabajadores y el Estado y la estrategia para el cierre abrupto se debe al calvario que debieron atravesar otras empresas que debieron “negociar” su cierre con los sindicatos.

Más allá del caso puntual, cuyos detalles desconozco amén de lo difundido por la prensa, creo que es un episodio que revela algunas pautas sobre la idea de cómo debe funcionar la economía que tienen algunos actores políticos y sindicales que vale la pena analizar.

Los uruguayos tenemos un problema para terminar de comprender cómo funciona la economía de mercado en uno de sus aspectos más básicos: todo el tiempo se crean nuevas empresas, otras cierran y ese sano proceso permite el crecimiento económico y la mejora en la calidad de vida de las personas. Por eso, cada vez que cierra una empresa se genera un drama nacional, se convocan debates, reuniones con todos los actores involucrados, comisiones interinstitucionales, se piden subsidios al gobierno, la extensión del seguro de paro y una larga lista de etcéteras.

En definitiva, se cae siempre en el análisis del caso puntual en el momento sin ver las consecuencias para la economía en su conjunto en el largo plazo. El economista austríaco Joseph Schumpeter llamó al proceso natural de una economía de mercado en el que aparecen y desaparecen empresas “destrucción creativa”. Entendía que gracias a los emprendedores que generan nuevas ideas, bienes, servicios, tecnologías, medios de distribución, etc. y son preferidos por el público, la economía crece y las empresas que ya no responden a la demanda de la gente o se vuelven relativamente más caras o de peor calidad, darán pérdidas y terminarán cerrando.

Las pérdidas y las ganancias de una empresa dan una medida de su utilidad social y, por tanto, las que tienen ganancias sirven al bienestar general y perduran y las que tienen pérdidas ya no lo hacen y deben cerrar.

En nuestro país entendimos el asunto al revés y aplicamos la “creación destructiva”, esto es, no escatimamos medios para mantener vivas a empresas muertas y pensamos que eso es algo positivo. Sin embargo, esta práctica nefasta quita recursos a nuevos emprendedores y limita la creación de nuevas empresas que generarían más puestos de trabajo que las que cierran y ofrecen bienes o servicios más baratos, de mejor calidad o, por la razón que sea, serán las preferidas por los consumidores.

Manteniendo vivas a empresas que ya no cumplen un fin positivo para la sociedad se va esclerosando la economía, se limita las posibilidades de crecimiento y pululan los empresarios rentistas en vez de los emprendedores innovadores. No comprender esto y dejar que sea la sociedad la que decida qué empresas ganan y pierden, al punto de buscar impedir que cierren empresas por métodos cuestionables, produce un enorme desincentivo a la creación de nuevas empresas y nuevos trabajos.

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