Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

El triunfo de Trump

Las encuestas le volvieron a errar como a las peras y al contarse los votos nos encontramos con que Donald Trump será el próximo presidente de los Estados Unidos. Luego de la campaña electoral más sórdida que recuerde la historia de la vieja democracia norteamericana, se impuso en el colegio electoral el empresario y conductor de reality show del que todos se burlaban hace poco más de un año.

Las encuestas le volvieron a errar como a las peras y al contarse los votos nos encontramos con que Donald Trump será el próximo presidente de los Estados Unidos. Luego de la campaña electoral más sórdida que recuerde la historia de la vieja democracia norteamericana, se impuso en el colegio electoral el empresario y conductor de reality show del que todos se burlaban hace poco más de un año.

Desde el mismo momento en que anunció su candidatura marcó el tono de su campaña, con un discurso de fuerte tono racista y xenófobo. A eso le fue agregando comentarios misóginos irreproducibles, burlas a personas discapacitadas y elogios a personajes deleznables como Hugo Chávez o Vladimir Putin, entre otros.

La impronta general de su mensaje fue nítidamente chauvinista, demagógica y populista, lo que lo llevó, sorpresivamente, primero a ganar la interna del viejo Partido Republicano, y luego la elección nacional frente al Partido Demócrata. No es cierto que el triunfo se deba a la fortuna del candidato, ya que su adversario gastó mucho más. La explicación, particularmente escalofriante, es que logró generar un genuino entusiasmo y cerca de 60 millones de personas lo votaron.

Aquí es necesario separar lo que fue la campaña de Donald Trump de lo que puede ser su presidencia. Afortunadamente es probable que la acción concreta de su gobierno sea menos populista de lo que fue su campaña. Esta percepción se debe al cambio en su discurso luego del triunfo electoral, a que en el Congreso de mayoría republicana hay personas más moderadas y de mayor sentido republicano (en las dos acepciones del término) y de que las instituciones norteamericanas justamente fueron diseñadas para controlar los daños de un mal presidente.

Otros indicios para ser menos pesimistas son los nombres de algunos de los economistas que se manejan para cargos claves, las propuestas que aparentemente se pondrían en marcha, verbigracia, una reducción impositiva sustentada en una disminución del gasto militar, y que ha bajado de su página web (luego de la elección) algunas de sus propuestas más deplorables como la prohibición del ingreso de musulmanes a los Estados Unidos.

Aun suponiendo entonces que el gobierno sea menos descabellado que la campaña, de todas formas que haya logrado triunfar es un mensaje desastroso. Que se haya salido con la suya un candidato con un discurso tan despreciable, que se da de bruces contra todos los valores fundamentales que hacen a lo que llamamos civilización, va a envalentonar a otros de similar calaña por todo el mundo. Donald Trump no solo rompió los manuales de cómo llevar adelante una campaña sino que sentó un precedente tremendamente peligroso, lo que seguramente constataremos al observar a sus émulos en distintos países.

Parte fundamental del proceso democrático es que se desarrolle con civilidad, respetando al adversario, apostando a lo mejor de cada sociedad y no medrando con su lado más oscuro. Más allá de cómo se desarrolle el próximo gobierno norteamericano -y ojalá sea menos malo de lo presumible- el solo hecho de cómo llegó Trump al poder nos enfrenta a la cruda realidad de que mucho de lo que dábamos por sentado como parte de nuestra civilización tiene cimientos mucho más frágiles de lo que pensábamos.

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