Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

Rousseau y la desigualdad

En los artículos anteriores dejamos constancia de la firme opinión de Rousseau contraria a la democracia y a los derechos humanos y nos preguntábamos cómo había llegado a ser tan influyente un autor de ideas tan deleznables.

Como suele ocurrir con sus herederos intelectuales, el secreto del éxito no está en las propuestas sino en las críticas. Rousseau es, probablemente, el primer crítico destacado de la sociedad comercial en sus etapas iniciales y sus argumentos son tan comprehensivos que abarcan casi el mismo ámbito que el de los actuales antagonistas de la economía de mercado y la globalización.

Las críticas que encuentra son tantas, y de tanta importancia, que termina condenando al sistema naciente, lo que convierte a Rousseau en un declarado enemigo tanto del antiguo régimen cuanto del nuevo sistema que despuntaba. Es el padre intelectual de los sempiternos y confusos enemigos de la libertad.

Uno de sus argumentos principales, en el que vamos a concentrarnos hoy es la desigualdad económica que genera la economía de mercado. Según arguye en sus llamados Fragmentos Políticos: “solo hay pobres porque hay ricos, y esto es cierto en más de un sentido” y en otro pasaje afirma que “la riqueza de una nación entera produce la opulencia de unos pocos individuos en detrimento del público, y los tesoros de los millonarios incrementa la miseria de los ciudadanos.”

Este argumento nos suena familiar, porque ha sido repetido hasta el cansancio por los enemigos del libre mercado a lo largo de la historia y, pese a estar equivocado, el sonsonete se mantiene plenamente vigente. Una primera refutación permite apreciar que las diferencias de ingresos aparecen cuando una economía comienza a crecer, antes sencillamente todos son pobres. Una segunda, y más importante consiste en desmontar el error que el economista austríaco Ludwig von Mises denominó “el dogma de Montaigne”. Parte, necesariamente, de que la riqueza en una sociedad es un stock fijo y, por lo tanto, lo que posea una persona no lo podrá tener otra.

Esto es cierto en el caso de una economía cerrada y estática, pero no en una economía abierta y dinámica. En este último caso el incremento de la riqueza permite que mejore el nivel de vida de todas las personas sin que ninguno pierda, incluso que los más pobres sean los más beneficiados. Ésta, de hecho, es la historia del mundo en las últimas décadas, en que hemos presenciado un descenso extraordinario de la pobreza y la indigencia.

Sin embargo, más allá de la evidencia en su contra, la idea rousseauniana de que hay pobres porque hay ricos actualmente es creída por mucha gente, y forma parte integral del pensamiento de connotados intelectuales y políticos de nuestro tiempo. Como quienes creen que la Tierra es plana, más allá de todas las pruebas en contrario, siguen existiendo quienes explotan con todo éxito este grosero error para llenar conferencias o ganar elecciones.

La apelación a sentimientos mezquinos, como el resentimiento y la exculpación quizá juegue un rol preponderante para explicar la vigencia de este dislate. También puede ayudarnos a entender como en el momento de mayor prosperidad global de la historia la sombra de Rousseau sigue siendo demasiado larga y oscura.

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