Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

La resistencia liberal

En el artículo anterior describíamos el predominio keynesiano en términos académicos y políticos en el cuarto de siglo posterior a la segunda guerra mundial. 

La temprana muerte de Keynes no le permitió presenciar una época a la que muchos historiadores llamaron con su nombre y en que el tamaño y las funciones del Estado no pararon de crecer.

Ante esta situación desalentadora, Friedrich Hayek decidió que era necesario mantener un trabajo intelectual activo, aunque supiera que no su impacto público no sería relevante por muchos años. En esta tenacidad de Hayek y muchos pensadores liberales está una de las explicaciones del renacer liberal de la década del setenta y del ochenta.

Hayek identificó pocos pero muy valiosos intelectuales liberales en distintos países. Cada uno en su medio estaba prácticamente aislado, pero si se reunían a nivel internacional podían encontrar ámbitos de debate y desarrollo de ideas beneficiosos para todos. Su primer impulso fue crear una revista de alcance internacional en 1940 que no prosperó. El segundo pervive hasta nuestros días y fue la creación de una entidad que reuniera a los principales exponentes del liberalismo en el mundo; la Sociedad Mont Pelerin en 1947.

Algunos de los nombres de los asistentes a la primera reunión en la localidad suiza que dio nombre a la iniciativa da cuenta de su potencia intelectual: Maurice Allais, Aaron Director, Walter Eucken, Milton Friedman, Henry Hazlitt, Bertrand de Jouvenel, Frank Knight, Fritz Machlup, Ludwig von Mises, Michael Polanyi, Leonard Reed, Lionel Robbins, Wilheim Röpke y George Stligler.

Como se observa no solo participaron economistas (entre los que se encuentran varios premios Nobel en las décadas siguientes), sino también historiadores, filósofos y periodistas. La existencia de distintas escuelas económicas, especialmente la austríaca y la de Chicago mostraba también la amplitud de miras a pesar de su intenso debate teórico.

En su discurso inaugural Hayek dejó claro el desafío que tenían por delante: “El convencimiento básico que me ha guiado en mis esfuerzos es que, si tienen alguna posibilidad de renacer los ideales que creo compartimos y para los que, a pesar de los que se ha abusado del término, no hay mejor nombre que el de “liberales”, será necesario llevar a cabo una ingente labor intelectual. Esta tarea supone depurar las teorías clásicas liberales de ciertas adherencias que les han salido a lo largo del tiempo, y también afrontar algunos verdaderos problemas que un liberalismo demasiado simplista ha eludido, o que se han manifestado sólo cuando dicho liberalismo se ha convertido en doctrina de alguna manera rígida y estática.”

La Sociedad Mont Pelerin fue un ámbito fermental que permitió debates de gran calibre que fueron cimentando las bases de un liberalismo actualizado y vigente. Un pensador compatriota, Ramón Díaz, llegó a ser presidente de la institución, cuatro veces presentó trabajos escritos y una vez compartió un panel, nada más ni nada menos que con Karl Popper. La experiencia de Díaz, al encontrarse con la sociedad en la década de los sesenta, ejemplifica claramente que la idea de Hayek estaba acertada; intelectuales liberales que se sentían muy solos en sus países pudieron ver que había otros en su misma situación y que el combate recién comenzada.

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