Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

El Presupuesto y su contexto

Finalmente el Poder Ejecutivo envió el Presupuesto Nacional en medio de un contexto político y económico bien diferente al de los dos anteriores del Frente Amplio. La desaceleración de la economía nacional y la debilidad política del presidente de la República señalan desafíos que aparecen por primera vez, en claro contraste con el panorama color de rosa de las administraciones pasadas.

Finalmente el Poder Ejecutivo envió el Presupuesto Nacional en medio de un contexto político y económico bien diferente al de los dos anteriores del Frente Amplio. La desaceleración de la economía nacional y la debilidad política del presidente de la República señalan desafíos que aparecen por primera vez, en claro contraste con el panorama color de rosa de las administraciones pasadas.

Las noticias que llegan todos los días desde el exterior también son negativas. Los pronósticos sobre la economía brasileña se vuelven más pesimistas, y ayer mismo sufrió un duro golpe cuando la calificadora de riesgo Standard & Poor’s le quitó el grado inversor. Las consecuencias inmediatas fueron una nueva devaluación del real y una importante caída de la Bolsa de San Pablo.

El panorama en Argentina parece más estable, pero habrá que ver qué pasa después de las elecciones nacionales. Allí chocan las fuerzas de la naturaleza de ese gran país con pésimas políticas económicas de efectos devastadores, con final incierto y pronóstico reservado.

En este contexto, los supuestos en que se basó el Ejecutivo para la elaboración del Presupuesto lucen demasiado optimistas. Es difícil que la economía internacional crezca a tasas cercanas al 4% como se prevé a partir de 2016, pero aún más escabrosas son las proyecciones sobre la economía nacional. El promedio de 2,7% de crecimiento para el PIB dado lo esperable para 2015 y 2016 no es muy probable, así como nada asegura que desde 2018 el crecimiento se estabilice en el 3%. La evolución prevista para la inflación es de ciencia ficción, nadie puede pensar que con las actuales dificultades y la evolución reciente del IPC acercándose al 10% a lo largo del período, pueda ir convergiendo al 5%. La disminución del déficit fiscal en un punto del PIB, en buena medida en base a la mejora de los resultados de las empresas públicas, es quimérico. En balance, los supuestos del proyecto de Presupuesto se aproximan más a una expresión de deseo que a una visión científica de la realidad.

Sí es una medida compartible definir incrementos presupuestales por sobre los ya comprometidos solo para 2016 y 2017, y evaluar luego en las rendiciones de cuentas sucesivas el margen de maniobra disponible.

También es evidente que tiene razón el exministro Olesker, en cuanto a que con el presente Presupuesto el FA está muy lejos de cumplir sus compromisos electorales, por lo que se enfrenta a un dilema de hierro: no puede cumplir lo prometido sin aumentar la carga tributaria, a lo que también se comprometió. Haga lo que haga, defraudará a los uruguayos.

Si a este somero análisis le sumamos la debilidad del presidente al que le torcieron “todos los brazos” desde que asumió, el panorama se complica aún más. Es altamente probable que los radicales vuelvan a pisarle la cabeza a Vázquez y le metan mano al Presupuesto, lo que en la actual coyuntura sería nefasto para el país. Ojalá no suceda, pero ya quedó suficientemente claro con el intento de frenar el Antel Arena, el proyecto sobre el Fondes, las pautas para la negociación colectiva, la esencialidad para la educación, y esta semana el bochorno del abandono del TISA. Vázquez en este segundo mandato tiene la firmeza de una gelatina de sanatorio.

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