Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

¿Pasado o Futuro?

La campaña electoral comenzó a despertar con algunos chispazos derivados de episodios en sí menores y poco significativos. Los políticos que repiten achacosamente que "la campaña está fría" tendrán que comprender que los tiempos cambiaron y la militancia de otrora se quedó en el pasado. Para la mayoría de la población las elecciones nacionales todavía no entraron en su radar, lo que tal vez recién ocurra en el último mes. Basta la comprobación clínica de la ausencia de balconeras o banderas que hasta hace pocas elecciones marcaban el tiempo proselitista en las casas de los uruguayos.

La campaña electoral comenzó a despertar con algunos chispazos derivados de episodios en sí menores y poco significativos. Los políticos que repiten achacosamente que "la campaña está fría" tendrán que comprender que los tiempos cambiaron y la militancia de otrora se quedó en el pasado. Para la mayoría de la población las elecciones nacionales todavía no entraron en su radar, lo que tal vez recién ocurra en el último mes. Basta la comprobación clínica de la ausencia de balconeras o banderas que hasta hace pocas elecciones marcaban el tiempo proselitista en las casas de los uruguayos.

Esta nueva realidad atraviesa verticalmente a todos los partidos y responde a un cambio cultural. El Uruguay donde todo pasaba por la política partidaria se ha replegado ante el avance de otros tipos de centralidades virtuales, sociales, religiosas o de otra índole. Comprender esto es clave para analizar la presente instancia que es radicalmente diferente a lo que estábamos acostumbrados.

La campaña del Partido Nacional sintoniza mejor con los nuevos tiempos que la del Frente Amplio. Las encuestas recientes (la de Factum o la de Interconsult, verbigracia) dan cuenta de que se acortan las distancias entre los dos principales partidos y de que el ballotage se vuelve impredecible. Esto tiene que ver menos con grandes cambios en la campana de Gauss que muestra la distribución ideológica de los uruguayos -con mucha gente amuchada en el centro y poca en los extremos- que con el nuevo eje que es la característica distintiva de esta campaña: la restauración vazquista o que el Uruguay comience, algo tarde fiel a nuestra idiosincrasia, el siglo XXI.

Mientras el Partido Nacional presenta sus líneas programáticas con propuestas innovadoras, imprescindibles y serias como la regla fiscal o el acercamiento a la Alianza del Pacífico, y su candidato Luis Lacalle Pou pone el énfasis en las ideas a desarrollar en el próximo gobierno, Tabaré Vázquez y el Frente se repiten a sí mismos y atacan a diestra y siniestra descolocados por una realidad que ya no comprenden.

Vázquez sólo habla del pasado y en particular machaconamente de los noventa como si tuviera alguna importancia para la instancia electoral del 2014, cuando un porcentaje alto de quienes votarán ni siquiera tiene recuerdos de esa época ni les importa. Hasta un militante frentista en un acto en Villa Constitución le espetó a Vázquez: "no nos hable del pasado". En cualquier momento van a desempolvar algún decreto polémico del gobierno de Manuel Oribe que difundirán con fruición por las redes sociales.

También contrasta la campaña "por la positiva" del Partido Nacional con "la negativa" de algunos grupos frentistas como los socialistas. Ni una idea, ni una referencia al futuro, sólo golpes bajos que no sólo demuestra que no entendieron a que se debió su desplome electoral en la interna, sino que seguirán en el tobogán.

Esta es una campaña de contrastes, pero muy diferentes a los de elecciones anteriores. Mientras el Frente agita fantasmas y juega al contragolpe evidentemente desconcertado, lo que resultará decisivo es la dicotomía entre el pasado o el futuro. ¿Tabaré Vázquez con Víctor Rossi y María Julia Muñoz o un equipo para gobernar ahora y bien? Soplan vientos de cambio, lo delata el semblante adusto del oficialismo y la alegría opositora.

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