Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

Sobre nuestro debate

Dentro de exactamente un año, el 1° de marzo de 2020, estará asumiendo la presidencia de la República un ciudadano ungido por el voto popular en las elecciones del año en curso.

La fortaleza de nuestra democracia se basa en una certeza formal y en una incertidumbre de resultado: sabemos que el elegido será el que tenga más votos en elecciones limpias dentro de un sistema de reglas conocidas y respetadas; igualmente importante es lo que no sabemos, que es quién será esa persona.

Reglas fijas que permiten la incertidumbre del resultado es, en definitiva, una seña distintiva de una buena democracia, y tenemos mucho para celebrar y cuidar en nuestra democracia liberal, formal y burguesa, afortunadamente hoy cuestionada solo por minorías insignificantes.

El cuidado de la democracia también exige de políticos y ciudadanos ciertas cualidades de virtud, cuya ausencia la va corroyendo. Si el contenido de nuestro debate es capaz de corroer el recipiente que lo contiene estamos en problemas y debemos, por tanto, prestar atención a estos procesos. Después de todo, tiene razón David Hume, la libertad rara vez se pierde de una sola vez, por lo que es necesario estar alertas de los hechos que la devalúan o la degradan.

El debate político en la campaña que despunta ha dejado mucho que desear. Quizá porque los candidatos, razonablemente, aún no han presentado sus programas de gobiernos, porque algunos otros necesitan hacer méritos partidarios, o porque experiencias de otros países donde candidatos exaltados parapetados tras mentiras burdas han sido exitosos, estamos sufriendo un debate que llamar de mala calidad sería hacerle precio.

Ya hemos visto aparecer propuestas demagógicas, que son parte del problema, porque dificultan un debate serio. Solo quien está seguro de que no va a ganar puede prometer el oro y el moro, pero esas ideas contaminan un debate basado sobre términos razonables. Este es el punto fundamental sobre el que quiero hacer hincapié en el artículo de hoy: un debate serio, civilizado, constructivo y que aporte y respete nuestra democracia debe basarse en evidencia, que no es discutible, a partir de la cual cada uno puede tener legítimamente su interpretación, y cuantas más se aporten mejor.

Pongamos un ejemplo. Es un hecho incuestionable que en los gobiernos del Frente Amplio existió un descenso muy importante de la pobreza y la indigencia medida en términos monetarios. Aceptar esto no implica ser frentista, es meramente reconocer la realidad. Por otro lado, también son hechos que ha aumentado la fragmentación social, medida en términos de inseguridad, educación o el incremento de asentamientos por ejemplo. Reconocer esto no implica ser un opositor cerril, es simplemente parte de la realidad.

Luego deberían venir las interpretaciones sobre estos fenómenos y, más importante aún, las propuestas a ofrecer a los ciudadanos a partir de la evidencia. La chicana política, el insulto, los argumentos ad hominem, atribuirle al adversario lo que no dijo ni piensa, difundir noticias que se saben falsas, alentar a los inescrupulosos en las redes sociales es barato y nos empobrece a todos. Censurar a quien se comporte de esa manera y apoyar a quienes enaltecen la actividad política es parte de una ciudadanía activa y comprometida que este año no puede faltar a la cita.

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