Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

Libertad y propiedad privada

En el marco de las discusiones que se vienen dando sobre una posible reforma constitucional, fundamentalmente en el Frente Amplio, van sumándose voces favorables a modificar el concepto de propiedad privada, que amenazan con subvertir valores centrales para la convivencia civilizada.

En el marco de las discusiones que se vienen dando sobre una posible reforma constitucional, fundamentalmente en el Frente Amplio, van sumándose voces favorables a modificar el concepto de propiedad privada, que amenazan con subvertir valores centrales para la convivencia civilizada.

El debate sobre las virtudes y defectos de la propiedad privada como institución no es novedoso. Ya Platón, presuntamente inspirado en la experiencia de Esparta, delineó una utopía colectivista que suprimía la libertad individual. En contrapartida, Aristóteles entendió que la propiedad era indestructible y positiva. Luego los estoicos la llevaron al nivel de derecho natural que, a través de su influencia en Roma, entraría en la tradición de la cultura occidental.

En la Edad Media Tomás de Aquino en Summa Theologiae avanzó en argumentos medulares acerca de que “es lícito que el hombre posea cosas propias”. Y desarrolló: “Y es también necesario a la vida humana por tres motivos: primero, porque cada uno es más solícito en la gestión de aquello que con exclusividad le pertenece que en lo que es común a todos o a muchos, pues cada cual, huyendo del trabajo, deja a otro el cuidado de lo que conviene al bien común, como sucede cuando hay muchedumbre de servidores. Segundo, porque se administran más ordenadamente las cosas humanas cuando a cada uno incumbe el cuidado de sus propios intereses, mientras que reinaría confusión si cada cual se cuidara de todo indistintamente. Tercero, porque el estado de paz entre los hombres se conserva mejor si cada uno está contento con lo suyo, por lo cual vemos que entre aquellos que en común y pro indiviso poseen alguna cosa surgen más frecuentemente contiendas”.

Por cierto que también siguieron existiendo los críticos que como Rousseau le achacaban a la propiedad privada todos los males de la humanidad, pero la fuerza de la razón y la evidencia fue incontrastable.

Más cerca en el tiempo, la ilustración escocesa definió los términos modernos del concepto de propiedad privada, y su instrumentación práctica permitió el desarrollo mismo de la idea de progreso y la posibilidad real de la disminución de la pobreza. En el siglo XIX y XX el liberalismo clásico abordó las nuevas realidades y realizó adelantos teóricos considerables en medio de una realidad de grandes contrastes.

Todo lo anterior es para constatar que la propiedad privada como institución fundamental no es un capricho burgués sino parte del mejor acervo de los derechos humanos y componente indisoluble de la libertad individual. Si la propiedad deja de ser un derecho natural de las personas para ser una concesión graciosa del gobernante, no solo se le dará la espalda a siglos de avance en el descubrimiento de las instituciones que mejor sirven al progreso social basado en principio éticos incuestionables, también perderemos grados de libertad indispensables para la dignidad del ser humano.

Sin propiedad privada las personas están a merced del poder político, pierden su independencia moral, no pueden desarrollar sus propios proyectos de vida, no existe prensa libre ni libertad de expresión, desaparece la solidaridad y la posibilidad de compartir y trabajar en conjunto. Cuesta creer que haya que defender cuestiones tan básicas, pero no se puede guardar silencio cuando lo que está en juego es la Libertad.

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