Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

Liberalismo y jacobinismo

Cuando el domingo el Papa Francisco anunció que Monseñor Daniel Sturla era nombrado cardenal la sorpresa y la alegría fueron de la mano. Menos de un año lleva nuestro Arzobispo en su puesto y ya fue llamado a integrar el Colegio Cardenalicio, lo que lo hará elector y elegible para la próxima sucesión papal. El hecho es histórico; Sturla es actualmente el cardenal más joven de Iberoamérica y el segundo en toda la vida de la Iglesia uruguaya.

Cuando el domingo el Papa Francisco anunció que Monseñor Daniel Sturla era nombrado cardenal la sorpresa y la alegría fueron de la mano. Menos de un año lleva nuestro Arzobispo en su puesto y ya fue llamado a integrar el Colegio Cardenalicio, lo que lo hará elector y elegible para la próxima sucesión papal. El hecho es histórico; Sturla es actualmente el cardenal más joven de Iberoamérica y el segundo en toda la vida de la Iglesia uruguaya.

El País de Madrid le dedicó una nota que nos da pie para nuestro tema: “Un cardenal en el país de los ateos”. Allí se destacan dos datos, que Uruguay tiene el menor porcentaje de católicos de América Latina (42%) y el mayor porcentaje de ateos y agnósticos (40%). Enfatiza su perfil “moderno y abierto al diálogo” y luego perspicazmente señala: “Sturla, con una dilatada experiencia como profesor y teólogo, predica contra un enemigo en la sombra, el dos veces expresidente José Batlle y Ordóñez (1856-1926), quien separó la Iglesia del Estado en 1917 y forjó el carácter liberal y laico de la sociedad uruguaya”.

La cita tiene asidero, salvo por dos errores, Batlle murió en 1929 no en 1926 (irrelevante) y el carácter de su gobierno no fue liberal sino jacobino (fundamental), como destacó, entre otros, con particular brillo, su correligionario José Enrique Rodó.

Su designación como cardenal le llega a Sturla en momentos en que recibe duros cuestionamientos por parte de autoridades de gobierno y diversos representantes de organizaciones sociales. A partir del debate que generó una guía educativa no fue discutida la opinión de Sturla en sí sino, insólitamente, el hecho de que opinara. “Viola los principios de laicidad del país” expresó, verbigracia, una directora del Mides.

Aquí se enlaza nuestra centenaria herencia jacobina (confundida entonces y ahora con liberalismo) con el equivocado concepto de laicidad que predomina en el Uruguay desde entonces. En vez de entenderla como pluralismo y la libre expresión de cualquier religión o creencia, mientras sea dentro del marco de la Ley, se la entiende como erradicación preventiva de toda manifestación de índole espiritual a luz del día. Por cierto que es inadmisible pretender imponer una visión particular a otros a través de la fuerza coercitiva del Estado, error en el que supo incurrir cierto clericalismo, pero eso corre para todos. Hoy en día deberíamos aceptar la convivencia respetable de las distintas formas que existen de ver el mundo y su sano debate democrático. También deberíamos, de una buena vez, entender que el liberalismo es el respeto al derecho del prójimo, mientras que el jacobinismo criollo es su más patente negación, de dónde se concluye que nos faltan liberales y nos sobran jacobinos.

Hace bien por tanto Sturla en no callarse y expresar lo que entiende son valores fundamentales para que exista la polifonía necesaria en una sociedad sana, crea lo que crea cada uno. Siguiendo, además, la máxima del Papa Francisco que prefiere una Iglesia “accidentada por salir, que enferma por encerrarse”.

Al agradecer los saludos a través de Twitter Monseñor Sturla expresó: “Es un reconocimiento a nuestra Iglesia pobre y libre pero rica de fe y misionera.” El mayor de los éxitos para nuestro cardenal en su nueva tarea, para bien de la Iglesia y de nuestro país.

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