Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

Hay que patear el tablero

Existe un consenso bastante amplio acerca de que el triunfo político de la izquierda en las últimas tres elecciones responde, en última instancia, a una conquista anterior y más ardua en el terreno cultural. En buen romance, es la victoria conseguida tras décadas de esfuerzo sistemático en la batalla de las ideas la que le posibilitó conseguir 15 años de gobierno con mayoría absoluta en el Parlamento.

Existe un consenso bastante amplio acerca de que el triunfo político de la izquierda en las últimas tres elecciones responde, en última instancia, a una conquista anterior y más ardua en el terreno cultural. En buen romance, es la victoria conseguida tras décadas de esfuerzo sistemático en la batalla de las ideas la que le posibilitó conseguir 15 años de gobierno con mayoría absoluta en el Parlamento.

Ciertamente que el andamiaje intelectual sobre el que se basó no fue únicamente construcción propia: edificó su dominio adueñándose de la más exitosa ideología en la historia del país, que es obviamente el batllismo, para desdicha del Uruguay, de ayer y de hoy. A eso le sumó su propia épica, real e inventada, en la lucha contra la dictadura, el fantasma del neoliberalismo y los perversos intereses defendidos por los partidos tradicionales, que por tanto merecieron una oposición cerrada a todas sus iniciativas.

Lo central es que el FA armó, en complicidad con la central sindical, la Universidad y otros secuaces, un relato que hoy recoge más allá de toda duda razonable la adhesión de la mayoría de la opinión del país.

Ante esta situación, en términos generales, la oposición ha optado por jugar el partido en la cancha y con las reglas fijadas por el oficialismo. Los temas de debate, su enfoque y las posibles soluciones a los problemas del país parten de premisas definidas por la izquierda y a partir de allí, naturalmente, el partido se pone cuesta arriba. Hasta el lenguaje es el que propone el oficialismo, y todos terminamos hablando de “espacio fiscal”, “todos y todas” e “insuficiencia alimentaria severa”. Al respecto vale la pena leer la formidable columna de Luciano Álvarez, “Los temas y las palabras” del 6 de junio.

Bajo estas reglas de juego lo razonable es que la izquierda siga ganando. Vale decir, no le alcanza a la oposición decir que va a gobernar mejor o que va a ser más eficiente para hacer lo mismo que hoy realiza el FA. Para eso, con sentido común, la mayoría de los uruguayos seguirá votando al gobierno.

Pasando del diagnóstico a la acción, lo que se debe hacer para dar la batalla ideológica con éxito es en primer lugar admitir que las ideologías existen y no caer en el posmodernismo simplón de que todo se reduce a una cuestión de eficiencia. No da lo mismo un gobierno frentista que un gobierno blanco en cuestiones fundamentales como la concepción de los derechos naturales del ser humano, la libertad individual, la armonía social o la lucha de clases y el lugar de Uruguay en la región y en el mundo, para poner ejemplos evidentes, pero debemos plantearlo sin eufemismos.

Por tanto, combatamos el enfoque dominante, estatista, conservador y mediocrizante, y defendamos uno más liberal, reformista y exigente, sin vergüenza, por el contrario, con legítimo orgullo por nuestras ideas y valores.

Es tiempo de plantear alternativas a las nefastas políticas del gobierno dentro de un proyecto que enamore a los uruguayos y demuestre que la presunta superioridad moral del Frente es cartón pintado. Más aún, los valores que dignifican al ser humano y conducen al progreso social están de nuestro lado. Para cambiar la realidad debemos convencernos de que hay que patear el tablero para virar el eje del debate, de lo contrario, seguiremos entrando a la cancha con tres jugadores menos y los jueces en contra.

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