Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

Al gran pueblo argentino

Salud. Así reza el himno nacional de Argentina y es una fórmula inevitable para saludar el resultado de las elecciones del domingo. Más allá de los partidos y los candidatos, lo verdaderamente relevante es la esperanza en el resurgir de la República, la vigencia del Estado de Derecho y una democracia plena que el kirchnerismo ha retaceado por más de una década.

Salud. Así reza el himno nacional de Argentina y es una fórmula inevitable para saludar el resultado de las elecciones del domingo. Más allá de los partidos y los candidatos, lo verdaderamente relevante es la esperanza en el resurgir de la República, la vigencia del Estado de Derecho y una democracia plena que el kirchnerismo ha retaceado por más de una década.

No se trata de entrometerse en los asuntos de un país vecino, el resultado del domingo y del próximo ballotage será producto de una decisión autónoma y libre de los argentinos. Pero cuando lo que está en retirada es un régimen que limitó libertades individuales, degradó la institucionalidad, atacó permanentemente a la prensa libre y a los opositores, y sembró el odio y el resentimiento en la sociedad no se puede ser indiferente. La casi unanimidad de los analistas políticos coinciden en que Macri es amplio favorito para la segunda vuelta. Incluso el “periodista” Víctor Hugo Morales llegó a calificar al candidato de Cambiemos, presidente electo. Otros candidatos presidenciales, como Sergio Massa y Margarita Stolbizer, si bien no se pronunciaron explícitamente en favor de Macri, anunciaron que no votarán por Scioli. La sensación ambiente en la República Argentina es que el kirchnerismo está en su etapa terminal y en poco tiempo nadie reconocerá haberlo apoyado o votado. De confirmarse el triunfo de Mauricio Macri, habrá que ver como se desempeña frente a los enormes desafíos que tiene por delante. El panorama actual se puede ejemplificar en algunos puntos: gobierno desacreditado a nivel internacional (literal y metafóricamente), ajustes de tarifas largamente demorados, falta de inversión en áreas claves, inflación elevada, reservas internacionales en descenso y una infinidad de trabas a la producción de consecuencias nefastas.

Sin magia, si el nuevo gobierno logra una relativa normalización del país, ya será un logro para que las enormes fuerzas naturales, sociales y culturales de la Argentina, logren despertar a una economía aletargada. El restablecimiento de la separación de poderes, necesaria además por un Poder Legislativo dividido, puede reencausar la vida institucional. El fin del clientelismo desembozado y el uso patrimonialista de los recurso públicos ,señalaría el ingreso de la política argentina al siglo XXI. Todo esto parece posible con un nuevo gobierno, y aunque parezca básico, bien puede ser un punto de inflexión histórico para nuestros vecinos.

Más allá de discrepancias o coincidencias con el macrismo, no hay lugar a dudas de que marcará un cambio saludable para la Argentina. Y por lo tanto, es necio no observarlo, también para el Uruguay. Si el gobierno uruguayo toma nota del resultado del domingo, debe dejar atrás el apoyo al candidato del Frente para la Victoria en el que nunca debió haber caído y guardar una estricta neutralidad que es lo que corresponde. Nadie puede dudar de que tener como interlocutor en el gobierno argentino a un presidente con el que se puede conversar, es un cambio ampliamente favorable comparado con tener que sufrir a Cristina Fernández de Kirchner. Para Uruguay y toda América Latina se abre una nueva etapa auspiciosa y esperanzadora.

Escribiera Borges: Como los tientos de un lazo/ Se entrevera nuestra historia/ Esa historia de a caballo/ Que huele a sangre y a gloria.

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