Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

El dilema presupuestal

Según publicó El País ayer, en una reunión del Comité Central del Partido Socialista, el exministro Daniel Olesker le planteó al director de la OPP Álvaro García la necesidad de aumentar la carga tributaria para cumplir con promesas de campaña.

Según publicó El País ayer, en una reunión del Comité Central del Partido Socialista, el exministro Daniel Olesker le planteó al director de la OPP Álvaro García la necesidad de aumentar la carga tributaria para cumplir con promesas de campaña.

Según Olesker, se necesitan más de US$ 3.000 millones para los distintos planes que se comprometió a llevar adelante la actual administración. No omitió su propuesta que es aumentar los impuestos “a los que ganan más” y comentó que dentro de las distintas visiones económicas del gobierno hay un “predominio liberal”.

El “dilema presupuestal” planteado por Olesker no es novedoso, y tuvo la valentía que le faltó a muchos de sus correligionarios de plantearlo en plena campaña electoral el año pasado. Tiene razón el exministro, el gobierno se enfrenta a un “dilema de hierro” ya que en cualquier caso defraudará al soberano porque necesariamente va a incumplir promesas de campaña. Si aumenta los impuestos para poder llevar adelante los programas violará su promesa de no elevar los tributos y si no incrementa la carga fiscal no tendrá los recursos para implementar sus planes.

No se necesita ser economista para darse cuenta de una verdad aritmética tan nítida, pero es a la hora de los bifes, cuando debe armarse el presupuesto, que la demagogia choca con la realidad.

Si a eso le sumamos, siguiendo el análisis del propio gobierno, el desorden que dejó la administración Mujica, el elevado déficit fiscal y los resultados de los balances de las empresas públicas, innegablemente el panorama fiscal luce extraordinariamente complejo. De allí el ajuste fiscal que el gobierno ya comenzó a aplicar a través de sus dos componentes clásicos: suba de tributos (extensión del impuesto a primaria y aumento de tarifas) y recorte de gastos (en publicidad y no reposición de vacantes en empresas públicas).

A la luz de la presente situación surgen más reflexiones de las que entran en un artículo, pero yendo al hueso del asunto podemos mencionar las principales. El manejo macroeconómico, y en particular de la política fiscal en los pasados diez años de incremento extraordinario de los ingresos del Estado fue deplorable. Solo así se explica que esta administración debiera comenzar, con la economía aún en crecimiento, con un ajuste fiscal. También queda en evidencia que estamos muy lejos de una gestión profesional de las finanzas públicas, como las de los países desarrollados o los que aspiran a serlo, basada en una regla fiscal que no exacerbe los ciclos económicos. Que a esta altura del partido, Uruguay tenga que aplicar políticas recesivas cuando la economía se enfría por los desbarajustes de la fase de crecimiento es la penosa demostración de que no aprendimos ni de nuestra propia historia.

Otra preocupación adicional genera la opinión de Olesker sobre la supuesta orientación “liberal” del equipo económico. No porque lo vea así una persona que a su izquierda solo tiene el abismo, sino porque es una percepción bastante generalizada que a pesar de sus desmanes en la gestión del Estado la orientación de los Astori Boys es promercado. Le está faltando al debate económico (y al general) expresiones claras desde una verdadera perspectiva liberal, y eso nos empobrece, material y culturalmente.

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