Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

Un debate para el desarrollo

El debate en nuestro país se ha tornado extraordinariamente chato, predecible y crispado.

Por cierto que el principal escenario de este intercambio es la política, que en nuestro país sigue siendo el punto centrípeto de todas las discusiones, pero también ocurre lo mismo en la academia y en la prensa; el cambio de ideas deja mucho que desear. La anécdota menor ocupa cada día más espacio y el enfrentamiento parece reducirse a quién es peor antes de quién es mejor.

Creo que quienes tenemos espacio en los medios de prensa, ya sea una columna en un medio escrito, la participación en una tertulia radial o entrevistas de prensa, debemos hacer un esfuerzo por no entrar en el debate ramplón en el que nos sumergimos si no hacemos un esfuerzo consciente para evitarlo. Muchas veces las ganas de contestar estupideces sobran, pero creo que haríamos bien en evitar esa tentación y tratar de reenfocar el debate hacia temas más edificantes para cada uno de nosotros y para la sociedad en su conjunto.

Poco importa para las definiciones centrales del país si un senador se saca una foto junto a una botella de whisky, si un intendente tiene un primo segundo funcionario de carrera en esa administración o si el presidente de la República contrató como su chofer personal o su consuegro. Nada le aportan al ciudadano estas informaciones, y menos los ríos de tinta y minutos de radio y televisión que se prodigan en los medios. Otra historia totalmente diferente, naturalmente, es cuando lo que se pone en conocimiento de la opinión pública son hechos de corrupción, conductas inapropiadas o derroche de los recursos públicos, pero de estos hechos sumamente relevantes la noticia ha ido derivando hacia el pase de facturas minúsculo e intrascendente.

La forma de volver a tener un debate constructivo es entonces evitar entrar en la chiquita y tratar de impulsar los debates de fondo desde los ámbitos en que podemos hacerlo. No es necesario contestar los insultos, las provocaciones o las acusaciones de mala fe, alcanza con ignorarlas y seguir dedicado a los temas que importan. Yendo efectivamente a lo relevante creo que debemos plantearnos un gran objetivo, ambicioso y potente, que Uruguay sea un país desarrollado en 20 años.

El amable lector estará pensando que es un objetivo imposible, y sin dudas lo es si seguimos por el camino en que vamos, caracterizado por el bloqueo de toda reforma que cambie mínimamente la realidad. El conservaduris- mo progresista dominante ha sido sumamente eficaz en esclerosar al Uruguay, inmovilizándolo en un contexto global en que no avanzar es retro- ceder a pasos agigantados. El objetivo, ciertamente, es ambicioso, como debe ser todo objetivo que se fije una sociedad, de forma que la impulse hacia arriba, la mejore y le requiera un esfuerzo superador.

Lo que media entre nuestra situación actual y un país desarrollado es un programa de reformas de políticas públicas que puede y debe plantearse con convicción política, excelencia técnica y consensos sociales. La reforma educativa, la del Estado, la de nuestra inserción internacional, una agenda de competitividad e innovación, deberán ser las fundamentales. En estos temas hay que centrarse, atados al mástil, intentado ignorar las distracciones de un debate empobrecido, hostil y mediocre.

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