Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

La cruz de los caminos

Dentro de 16 días sabremos el resultado de la elección nacional. No es poco lo que está en juego, existen aspectos centrales que van desde la dignidad nacional hasta los derechos de las personas, pasando por la calidad de los servicios públicos o el clima de convivencia social.

Dentro de 16 días sabremos el resultado de la elección nacional. No es poco lo que está en juego, existen aspectos centrales que van desde la dignidad nacional hasta los derechos de las personas, pasando por la calidad de los servicios públicos o el clima de convivencia social.

Quizá el principal asunto, aunque soslayado por otros temas apremiantes, sea nuestra identidad nacional, en qué país queremos vivir, cómo imaginamos el desarrollo de nuestras vidas y la evolución de la comunidad de que formamos parte en los próximos años. Queda muy poco para tomar la decisión crucial de qué rumbo tomaremos, por lo que vale la pena hacer un alto en la bulliciosa campaña electoral para reflexionar sobre nuestro destino común.

El crecimiento económico de los últimos 11 años no se ha correspondido con una mejora consecuente en la calidad de vida de los uruguayos, huelga abundar en el tema, basta con ojear el diario todos los días. Cuesta reconocerse en el país que leemos en la crónica policial, en los informes sobre deserción educativa, en el que crecen los asentamientos y hay un millón de uruguayos con necesidades básicas insatisfechas. Cuesta admitir que el país que brilló en el ámbito internacional pese a su tamaño hoy tenga una política de genuflexión indignante frente al gobierno argentino y el norteamericano. Cuesta concebir que nuestra sociedad sea cada día más violenta, más fragmentada y esté más dividida y el gobierno no solo no lo detenga sino que lo azuza con intolerancia cotidianamente. Todos estos aspectos y muchos más que podríamos seguir enumerando duelen demasiado como para resignarse frente al simplismo ramplón y conformista del “vamos bien” oficialista.

El próximo gobierno tendrá una agenda amplia y variopinta, pero lo primero es recuperar el sentido de pertenencia a una Nación de la que sentirse orgulloso. El palo en la rueda permanente, la discriminación del que piensa distinto, la división entre buenos y malos, el conflicto social como medio para lograr fines particulares, medrar con los infortunios colectivos, el desprecio por los derechos del individuo, la pérdida de valores liberales y republicanos que supimos compartir, no pueden continuar cinco años más. El ejemplo de Fernández Huidobro por estos días ha sido más que gráfico.

Concomitantemente, por cierto, deberán resolverse las emergencias en seguridad y en educación, pero sin lo anterior no vamos a volver a reconocernos a nosotros mismos, y por eso es primordial. El próximo 26 no elegimos entre dos modelos de país, elegimos entre una sociedad integrada y libre o el avance de la degradación política, ética y social en la que venimos. Más claro aun, la opción es entre ser o no ser una República, porque una alternativa incluye y la otra diluye.

Sin dramatismos pero con realismo, el derrotero nacional de los últimos diez años apenas se disimula por la bonanza económica, pero cuando nos detenemos a analizar con alguna profundidad cualquier tema relevante la conclusión es devastadora. Se puede recuperar el tiempo perdido, esa la buena nueva, pero para eso debemos decidir con sensatez dentro de tres domingos.

Que comencemos a construir un país que se proyecte al futuro ligado a sus mejores tradiciones depende de cada uno de nosotros. Se empieza a sentir en el viento de la primavera que el próximo 26 de octubre nace un país por la positiva. 

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