Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

La clave es la competencia

Un asunto clave para entender la dificultad que tiene el liberalismo en el debate cotidiano de ideas es la complejidad conceptual que conllevan muchos de sus planteos. Vale decir, sus concepciones sobre el desarrollo de una sociedad no son tan simples como a veces incluso algunos liberales postulan y, peor aun, en muchos casos son contraintuitivas.

Un asunto clave para entender la dificultad que tiene el liberalismo en el debate cotidiano de ideas es la complejidad conceptual que conllevan muchos de sus planteos. Vale decir, sus concepciones sobre el desarrollo de una sociedad no son tan simples como a veces incluso algunos liberales postulan y, peor aun, en muchos casos son contraintuitivas.

Hoy nos vamos a centrar en uno de estos asuntos que es la mala fama que tiene la competencia, atada luego por transitiva al capitalismo y al liberalismo en una logomaquia insoportable.

Desde La Riqueza de las Naciones de Adam Smith la competencia se asocia a su célebre metáfora de la mano invisible. El planteo de Smith -un erudito más preocupado por la moral que por la economía y uno de los padres de la ilustración escocesa- en esencia se reduce a que el ser humano siguiendo su propio interés, de acuerdo a su naturaleza, contribuye al bienestar de la sociedad de forma más eficiente que si lo hubiera procurado directamente. Detrás de este planteo hay un fundamento que lo distancia de los autores voluntaristas; la concepción de la naturaleza del ser humano.

Para los autores voluntaristas (que incluye a los socialistas y a sus herederos totalitarios el fascismo y el nazismo) las instituciones deben servir para moldear la naturaleza humana en el sentido que ellos consideran correcto. Detrás de esta idea, tantas veces planteada con candor y buenas intenciones, están muchas de las peores tragedias de la historia de la humanidad. En cambio, los autores liberales piensan que a través de un proceso histórico se desarrollan las instituciones que mejor sirven a la sociedad, tomando la naturaleza humana como un dato de la realidad. De allí surge el reconocimiento, que no el invento, de los derechos naturales del ser humano y el surgimiento del Estado de Derecho y la Democracia. No por casualidad mientras que Rousseau desarrolla la nefasta idea del “buen salvaje” Hayek ve en ese atavismo la principal fuente de la tradición colectivista.

El problema de fondo es cómo logramos que funcione cualquier sociedad contemporánea, que es necesariamente un orden social extendido. Mientras que los mecanismos burocráticos requieren conocimiento de primera mano dentro de coordenadas conocidas, la competencia, al permitir la coordinación de millones de decisiones aprovechando el conocimiento particular de millones de personas, funciona bien (y de hecho es lo único que conocemos que funciona) en sociedades complejas.

La competencia no es el “capitalismo salvaje” ni la “ley de la selva” muy por el contrario requiere de reglas claras, conocidas y respetadas por todos (un sólido Estado de Derecho), lo que beneficia al más débil no al que tiene medios para preferir la arbitrariedad o el favor estatal. Es un proceso de descubrimiento de las necesidades del ser humano que deben satisfacerse y de cómo lograrlo. Permite la adaptación a las constantes variaciones de preferencias y la incorporación de nuevas tecnologías, productos y servicios. En una palabra, permite el progreso y la mejora en la calidad de vida a gran escala.

Tanto la competencia como la burocracia son necesarias, pero no comprender el rol que juega la primera puede conducirnos primero a un intervencionismo desmedido y luego directamente al control estatal.

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