Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

Adam Smith y la sociedad comercial

La semana pasada abordamos algunos de los mitos que existían en torno al pensamiento de Adam Smith.

Hoy vamos a profundizar en uno de estos temas, el funcionamiento de lo que llamó "sociedad comercial", que en nuestro tiempo puede asimilarse a "economía de libre mercado" o "capitalismo liberal". Veremos que dista de lo que suele denominarse "capitalismo salvaje" y que está muy lejos también del "capitalismo prebendario" que es el tipo más común que hemos sufrido históricamente en América Latina.

La sociedad comercial para Smith era que la surge a partir de la división del trabajo, la especialización y el aumento de la productividad que le permite a las personas entrar en relación comercial con sus semejantes. A medida que avanza la sociedad comercial las personas cada vez producen menos bienes por sí mismas y cada vez más los obtienen a través de intercambios libres y voluntarios.

La sociedad comercial que despuntaba cuando Smith escribió la primera edición de La riqueza de las naciones en 1776 permitía elevar el nivel de vida de las personas como nunca antes en la historia y para eso era necesario terminar con los resabios feudales y la política mercantilista vigente. Smith argumentó a favor del "sistema obvio y simple de libertad natural" que sabía era un ataque directo al sistema vigente entonces, dominado por grandes corporaciones comerciales que gozaban de privilegios oficiales.

Es interesante notar que el antiestatismo de Smith tiene más relación con su oposición a los privilegios que a la intervención del Estado en sí, la que admitía en varias circunstancias. A diferencia de su amigo David Hume, además, Smith reconocía algunos problemas que generaba la nueva sociedad comercial, como una mayor desigualdad de ingresos, la alienación de los trabajadores producto de la excesiva especialización y un énfasis materialista que podía generar corrupción moral. Sin embargo, al igual que Hume, entendía que los beneficios de la sociedad comercial superaban ampliamente a sus perjuicios y éstos podían disminuirse, por ejemplo, a través del fomento estatal de la educación.

Smith era un pensador pragmático, sabía que "Si una nación no puede prosperar sin disfrutar de libertad y justicia perfectas, no existiría una nación en el mundo que pudiera haber prosperado". También entendía que era necesario un Estado vigoroso para poder establecer reglas de juego parejas y luego hacerlas cumplir, evitando, por ejemplo, las colusiones entre empresarios que tanto temía.

La gran batalla de su tiempo, y en buena medida también del nuestro, es qué tipo de capitalismo prevalece.

Smith defendió un sistema de libertad en que la libre concurrencia determinara un orden no diseñado por nadie que beneficiaba a todos, aunque esto no entrara en sus planes. Para que funcione es necesario que la competencia se desarrollo en un terreno justo, opuesto a un sistema en que el Estado elige ganadores y perdedores otorgando privilegios.

Un empresario que prospera generando valor para la sociedad contribuye al desarrollo, mientras que uno que se beneficia de prebendas desvía recursos de fines prioritarios y disminuye la riqueza de la sociedad. El primero progresa mejorando su entorno, el segundo empobreciéndolo. Esta lección de Smith sigue teniendo una vigencia extraordinaria.

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