Hebert Gatto
Hebert Gatto

Más sobre violencia urbana

Mientras escribo, en esta vacía mañana de primero de mayo, un informativo radial describe sin comentarios: Parque del Plata, una discusión termina con un homicidio y un herido grave; Óscar N. Pereira de 22 años, "delivery" de un comercio en Pocitos ultimado de tres disparos al oponerse a una rapiña; una joyería saqueada en el interior de un shopping céntrico; nueve delincuentes roban una empresa de transporte; en Salto un comerciante ultima a un delincuente que intenta robarlo. En la noche explota otro cajero, los billetes dispersados adornan el entorno. Los vecinos se los disputan. Cuatro delincuentes armados detenidos cuando se aprestaban a un copamiento; descomunal ola criminal en el Chuy. En Minas, enfrentamiento entre bandas, la policía desbordada. Como cierre, otra voz informa que ocho casos de cada diez de los denominados "ajuste de cuentas" no son aclarados. El total de homicidios al cierre del primer cuatrimestre del año suma 147 casos: 79 hombres y 68 mujeres. Un aumento porcentual de más del veinte por ciento sobre el cuatrimestre anterior. Entre las femeninas (como dice la policía), las muertes por violencia doméstica son similares a las de El Salvador, se aproximan a las más altas del mundo. Multiplican por 10 los homicidios españoles, en un despliegue de furia conyugal (o concubinaria) sin precedentes. En los informativos televisivos, invariablemente abiertos con noticias policiales, el relato insume un cuarto de su extensión.

¿Qué nos pasa? ¿Qué ocurre con este país pequeño, homogéneo, de cercanías, de cultura unitaria, sin más rivalidades históricas que las que en el pasado, pese a su agresividad, separaba a sus partidos políticos? ¿Por qué crece el desprecio por el otro? ¿Qué socava los cimientos de la sociedad, resquebraja la confianza mutua y destruye la seguridad ciudadana? Antaño la criminalidad era un tema menor, sentido como ajeno, circunscripto a los lejanos "pueblos de ratas" rurales. Más tarde, la emigración campo-ciudad la redujo a unos pocos barrios citadinos, cinturones de marginalidad urbana a los que alcanzaba con evitar. Hoy, quizás por nuestra propia indiferencia, por permitir que el problema creciera creando aislados bolsones de pobreza, la marginalización es casi inevitable. Como si una nueva Edad Media nos alcanzara y nos forzara a refugiarnos en nuestros reductos urbanos, no más invulnerables.

En notas anteriores nos detuvimos en el trasfondo político del fenómeno y en la inusual relación entre la baja de la pobreza y el aumento de la violencia. No nos repetiremos. El ministro del ramo, responsable objetivo de la ineficacia de la represión (no de la situación), debe abandonar su cargo. En más de una década no obtuvo resultados tangibles. Así funciona la institucionalidad democrática. Debe irse, pero su partida no pondrá coto a la violencia ni al miedo. Las estadísticas señalan que esta se genera en pocas zonas y que en ellas la droga, su venta y su consumo, son factores disparadores. También que el machismo, un disvalor de otro orden, se agrava en el Uruguay. Siendo así, somos plenamente responsables de lo que ocurre y es hora de enfrentar y procurar enmendar nuestro rotundo fracaso sociocultural. Que no sólo alcanza al partido de gobierno, aunque sea el primero en la lista de responsables.

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