Hebert Gatto
Hebert Gatto

El Uruguay electoral

Para un montevideano regresar al país, aunque sólo lo haya dejado brevemente, tiene ventajas, especialmente si racionó al ámbito familiar la obsesiva impertinencia del celular.

Permite volver a quererlo como lo imaginamos al evocarlo desde lejos, un paisaje idílico sin tiempo ni profundidad. Tal como si al suspender todo juicio, lo cotidiano se esfumara y el entorno se centrara en puras percepciones: el aire diáfano, sus cielos transparentes transidos de los azules del sur, la mesurada arquitectura costera, los lánguidos desplazamientos de una rambla mañanera, los prolongados silencios de un amanecer que se marcha. Por un instante sentimos que volvemos a una dinámica social descansada, de pocos, ajena a las prisas del mundo, a la vorágine contaminada de sus calles, a la polifonía de sus urbes infinitas.

Por eso queremos nuestra tierra, tal como otros quieren las suyas, añoramos nuestra matriz junto a aquellos pocos que eligen marginarse con nosotros dispuestos a vivir la pequeña anécdota de un país sin importancia. Por más que, al volver al terruño, pese a su abrazo cálido, sólo posponemos fugazmente los dramas que alberga. Al igual que también brevemente omitimos su trajinar político, los empeños por regular institucionalmente la convivencia pública y hacer convivir las inevitables diferencias ideológicas y partidarias de su población. Aún cuando nuestra sea la culpa de regresar en plena campaña electoral, lo que inevitablemente nos obliga a tomar partido.

Desde entonces, superada la fantasía impresionista del regreso, todo cambia, comenzamos a percibir a nuestros compatriotas como temibles adversarios, seres mezquinos volcados a la cerrada defensa de sus intereses. Entes irredimibles, tan fieramente dogmáticos que enajenados por sus bajas razones, no reconocen nuestros contundentes argumentos. Formidables enemigos, como quería Karl Schmitt para definir lo político.

Aún cuando esta vez lo hagamos todavía bajo los efectos remanentes de esta extraña afinidad pos ausencia, una visión seguramente romántica respecto al país en que vivimos y su gente, que sin embargo, atenúa prejuicios y modera sentimientos. Un estado de gracia que, superada la violencia iluminista, nos permita considerarnos si no como enemigos prestos a exterminarnos, a lo menos como adversarios tolerantes con nuestros respectivos defectos. No para dejar de hacer política, sentar definiciones u omitir errores y facilismos ajenos, sino para admitir, más no sea calladamente, que nuestra tribu, pese a sus virtudes, también puede cometerlos y lo hace a menudo.

Desde esa óptica, apenas un cambio abajo en la marcha de la disposición usual para el análisis, el actual panorama político uruguayo, a un paso de culminar las elecciones, y aún admitiendo que en el plano económico, social y cultural nos encontramos más dañados que en los dos últimos comicios, me parece notorio que las ofertas partidarias no son extraordinariamente divergentes.

Menos contrapuestas en los hechos que en el tono rotundo con que se enuncian. Todos los programas, probablemente con la sola excepción del de Cabildo Abierto, cuya callada ideología resulta hasta ahora bastante conjetural, se agrupan en el centro del espectro ideológico. Aunque algunas lo hagan con más comodidad que otras.

En este sentido es posible afirmar que aquello que constituía las definidas ofertas de la izquierda tradicional, nos referimos al socialismo (como superación del capitalismo), al proletariado como agente privilegiado de los cambios y a la revolución como camino de ruptura al poder, elementos que subyacían diferidos en el programa de 1971 (nacionalización del comercio exterior, de la banca, reforma agraria, etc.), han quedado paulatinamente superados a partir del derrumbe comunista de 1989, sustituidas por una inconfesa propuesta social demócrata de apertura comercial con el mundo y recepción abierta de inversiones extranjeras.

Sin omitir un cierto capitalismo de estado y la promoción, más discursiva que real, de experiencias autogestionarias. La oferta (que no asume claramente su transformación), apoyada en una central sindical, poco evolucionada ideológicamente, es incluso menos reformista que las efectuadas en su momento por la social-democracia clásica, en sus versiones nórdicas avanzadas. Ello sin olvidar que el Frente constituye una coalición electoral parlamentaria, la mayoría de cuyos partidos siguen manteniendo el socialismo en sus programas, aunque difiriendo su realización a un futuro indeterminado. El programa se complementa con un recién recibido liberalismo sexual y de género y más concretamente en un feminismo rampante, que se pretende confundir con el viejo socialismo. Por más que su mayor avance sea la admisión de la democracia, en algunos de sus integrantes, es cierto que no sin ciertas reticencias teóricas.

La coalición centrista también se define por un programa básicamente social demócrata de equilibrio entre estado y sociedad civil, representado a su derecha por el Partido Nacional que promete, de triunfar, gobernar con el Partido Colorado de Ernesto Talvi (el centro-centro) y con el Partido Independiente a su izquierda. El tercer contendiente (excluyendo a los de muy baja representación electoral) devino Cabildo Abierto. Aparentemente, porque poco se conoce efectivamente de su programa, un partido conservador de derecha, de tipo tradicionalista, sociológicamente familístico, apoyado en tradiciones militares con reivindicaciones pretendidamente artiguistas. Se trata más de un partido de virtudes (honestidad, moralidad, capacidad decisoria, efectividad, orden, respeto, disciplina, etc.) que de propuestas concretas.

Entre tales ofertas, deberán decidir los orientales. Sin omitir, lo que es decisivo, que los quince años de gobierno frentista demandan un cambio de equipo que renueve las instituciones, cambie estilos y comportamientos y otorgue a la ciudadanía una renovada esperanza. Es la propia democracia, más en las particularidades de sus actores que en sus objetivos finales, bastantes similares entre sí, la que lo requiere.

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