Hebert Gatto
Hebert Gatto

Los sucesos bolivianos

A comienzos de la nueva centuria América Latina aparecía dominada por regímenes populistas de izquierda con horizontes socialistas.

Un populismo que si bien reeditaba varias de las características principales de sus modelos fundadores del temprano siglo XX, las insertaba en movimientos ideológicos afines a la izquierda posterior a la caída del muro de Berlín. Desde Argentina, gobernada por la dinastía de los Kirchner, pasando por el Ecuador de Correa, Bolivia de Morales, Venezuela de Chávez y Maduro, el Paraguay de Lugo, o la anacrónica Cuba marxista de los Castro, parecía que el continente, dirigido por inefables conductores, “genuina expresión de sus pueblos”, marchaba por sendas “progresistas”, incentivado por los renovados aportes gramscianos, bolivarianos e indigenistas. Complementos que junto al también novedoso acceso al poder mediante elecciones (modalidad ajena al populismo clásico) se entendían como la contribución latina a los debilitados esquemas del izquierdismo clásico. Por segunda vez encontraba en América, campo fértil para su desarrollo, tal como en su momento había ocurrido con Cuba, su ejemplo y la posterior y frustrada pandemia guerrillera continental que la concretó. Por su lado, si bien los regímenes de Brasil o Uruguay, no pertenecían a prácticas típicamente populistas, no por ello renegaban de su solidaridad con sus restantes socios ideológicos ni a la idea de la lucha antiimperialista, mientras auspiciaban organismos como la Unasur o el Foro de San Pablo, con similares propósitos “liberadores”. Por más que semejante confraternidad no durara mucho tiempo.

Los neo populismos fueron cayendo uno a uno, algunos, los menos, por el voto popular, otros, en su mayoría, por corrupción interna o actuaciones judiciales, otros por último, por reacciones populares, como ahora sucede en Bolivia. Lo cual genera una pregunta: ¿se puede hablar de golpe de estado cuando se depone a estos regímenes? Si bien la respuesta puede no ser igual en todos los casos -¿Dilma Rousseff, fue, como se dijo, una conspiración judicial, Fernando Lugo, una parlamentaria?- resaltan semejanzas que suscitan polémicas.

Ninguno de estos populismos, pese a ser electos, fueron democracias plenas, ni ninguno ostentó tampoco el pleno ejercicio de los derechos humanos; menos todavía el funcionamiento institucional que una democracia liberal requiere. En el actual caso Boliviano el presidente Morales pretendió su cuarta reelección y desconoció un plebiscito que se lo impidió. Además, según la investigación de la OEA, propició el fraude para perpetuarse. ¿En tales condiciones, con un poder judicial presumiblemente inactivo (algo que no ocurrió en el Brasil con Rousseff), fue lícito derribarlo mediante una insurrección callejera? Parece claro que, pese a las irregularidades institucionales, antes de apelar a la violencia para sustituir un gobierno, deben agotarse, de ser posible, las vías legales para ello, como dispone el derecho de resistencia a la opresión. Tal no ocurrió en el altiplano donde, aparentemente, se pudieron realizar legítimamente, nuevas elecciones. Por eso, pese a comprenderlo, no se puede aplaudir lo ocurrido en el país hermano. Aunque tampoco sea lícito condenarlo, como si nada lo antecediera.

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