Hebert Gatto
Hebert Gatto

Seis meses de gobierno

En diciembre del año pasado publicamos en este medio una nota donde nos preguntábamos sobre las posibilidades del recién electo gobierno frenteamplista.

En diciembre del año pasado publicamos en este medio una nota donde nos preguntábamos sobre las posibilidades del recién electo gobierno frenteamplista.

Escribíamos en un clima donde, pese a ciertos signos preocupantes, se decía que el país, que había crecido durante el período anterior, ofrecía fortalezas económicas que le permitían afrontar el futuro con tranquilidad. Extremo que el oficialismo remarcaba cotidianamente. Pasados seis meses de gestión de esta nueva administración es dable efectuar un balance, obviamente que provisional y transitorio, de lo ocurrido hasta el momento, para así comenzar a evaluar nuestras perspectivas de futuro.
Entiendo que la primera sorpresa en esa labor se relaciona con el legado del anterior gobierno. Más allá de las particularidades de José Mujica, una figura bifronte, que admirado con cierto facilismo en el exterior comienza a mostrar sus falencias en el interior, donde cada día aparece un diferente motivo de crítica. Desde el irresponsable manejo de las cuentas públicas, con un déficit presupuestal preocupante, atendiendo a la bonanza económica del período, su desprolija actuación con las empresas públicas, el desmedido aumento de la burocracia, su absoluto fracaso en la prometida reforma de las estructuras estatales, su impericia en la batalla con el cannabis, el desprecio por la independencia de la justicia, hasta su imperdonable derrota en la urgente reforma de la enseñanza, todo en su gestión se revela como un total y absoluto fracaso. Que por supuesto no se ve atenuado por el mito del presidente-filósofo.

Se suele argumentar que más allá de sus desatenciones no deben ignorarse los logros de Mujica en materia social, especialmente en lo atingente a la reducción de la pobreza (de hecho no tan diferente a la obtenida en anteriores administraciones).

Pero si ello es cierto, en cuanto ese descenso se mida en términos monetarios, deja de serlo cuando se lo evalúa con otros indicadores como la residencia (la inquietante discriminación social según los barrios en las ciudades), la violencia social o los ambiguos efectos de la mejora del ingreso familiar sobre los niños. La mitad de los cuales pertenecen a hogares de pobreza extrema. Algo que también sucede con su educación al cruzarla con el emplazamiento de sus viviendas. Todo ello pese a que el país mejoró sustantivamente su producto interno y Mujica prometió su mayor esfuerzo en el área de la enseñanza. Precisamente donde más se retrocedió.

Sin embargo y pese a su relevancia, no todos los males pueden imputarse al gobierno saliente. Para comenzar a superarlos hubieran sido necesarios proyectos y acuerdos sociales inmediatos y la creación de una mística reformista, inexistente hasta el presente.

Confieso que en este aspecto, la personalidad de Vázquez, un hombre de sobrio perfil y un sólido prestigio, auguraba mejores perspectivas. Que si no se concretaron fue quizás por tratarse de un político que nunca pudo resolver la contradicción entre su rol de primera figura de la izquierda y su carácter de presidente de una República capitalista. Un problema que actualmente afecta a todas las izquierdas cuando acceden al poder y que proviene de su larga crisis ideológica.

De lo que no hay duda es que la actual situación es más grave de lo que se anunciaba y además reveladora de la fragilidad y dependencia del exterior de una economía como la uruguaya, con exitosos desempeños cuando el entorno se los otorga, pero con poca capacidad para remontar dificultades tan pronto este se torna adverso. Lo que demostraría que el crecimiento de la década pasada más que a una política interna sólida y de largo plazo obedeció a los condicionantes económicos externos. Como ocurrió con los populismos del continente, también hoy en dificultades. Y ello pese a que se atravesó una situación internacional excepcional que no se daba en el mundo desde fines de la segunda guerra, sin que se la aprovechara para transformar la estructura productiva del país. Un pecado del anterior gobierno pero ya en germen en la primera administración frentista.

Hoy las cosas han cambiado y exigen aprender a bailar con la más fea. Algo para lo que el Frente Amplio no parece preparado. Su gobierno, representado por una coalición heterogénea que abarca desde la socialdemocracia hasta el arcaísmo comunista, ya ha mostrado sus contradicciones e incapacidades para acomodarse a los retos de esta nueva situación.

Con un Ejecutivo que ni siquiera cuenta con apoyo parlamentario, pese a su mayoría en ese ámbito. El tema del TISA, con la posibilidad de dar un paso para integrarnos, es probablemente el mejor ejemplo de su dificultad para desembarcar sin complejos en el mundo moderno. Como lo es su incapacidad para enfrentar con decisión las aspiraciones sindicales en el decisivo campo de la enseñanza. No solamente porque las posturas gremiales respondan al pasado, sino por su impotencia para elevarse por encima de la defensa de sus intereses corporativos.

Ello se traduce en que al presente mostremos la peor gestión educativa del continente, en una situación donde la mitad de nuestros adolescentes ni siquiera acceden a la educación media. Lo que lamentablemen- te significa que los pobres sean cada vez menos cultivados y tiendan a generar un imaginario urbano propio, separado del resto. Sin que nada significativo haya emprendido el gobierno para revertir tamaña injusticia. Excepto su desaforado intento de reescribir en su beneficio la historia del país o su pretensión de atentar (últimamente con cierto éxito), contra la independencia y especialidad técnica del poder judicial.

¿Qué cabe entonces decir de estos primeros seis meses de gestión?

Expresar con temor que hasta ahora ella solo ha sido un permanente titubear de sus políticas en aras de resolver si gobierna para el país, para preservar su unidad interna o para satisfacer a los gremios. Un futuro incierto, que de no corregirse, arriesga con seguir facilitando la fractura social del país.

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