Hebert Gatto
Hebert Gatto

Las relaciones internacionales

Con bombos y platillos, el candidato frentista y la vicepresidente, cruzaron el Plata para confraternizar con Alberto Fernández, probable presidente en las próximas elecciones argentinas.

El promocionado encuentro no daría para mayores comentarios, excepto el de recordarle al postulante argentino que si la gestión uruguaya fue exitosa cuando soplaron vientos a favor -la mejor coyuntura internacional para América Latina desde la segunda guerra mundial- la misma se derrumbó cuando estos se tornaron contrarios. La pericia de un gobierno se evalúa mejor en condiciones adversas que cuando es impulsada por la bonanza externa. Algo que el candidato debería considerar. Es cierto además que Alberto Fernández no representa al peronismo puro y duro, el del extinto Kirchner y su viuda, candidata varias veces procesada, hoy amparada en sus fueros. Y es este partido y sus festejantes lo que nos preocupa. Seguramente por aquello de “mira a tus amigos y te diré quien eres”.

Caracterizar plenamente al movimiento justicialista, pese a su carácter populista, no resulta tarea fácil. Sabemos sí que no se trata de un agrupamiento ideológico, ha albergado todas las doctrinas. Desde la veta fascista del Perón de la primera hora, cuando llegó a la ignominia de designar a Jorge Luis Borges inspector de sanidad animal. A sus ínfulas izquierdizantes de los setenta, en el peronismo montonero. Incluyendo los sucesos de Ezeiza, cuando facilitó ejecutar decenas de jóvenes guerrilleros o a los posteriores arrestos privatizadores de Menem, apostando a un capitalismo salvaje. Representó todas las ideas y con todas se malquistó. Por más que mantuvo una constante, su militarista repudio al liberalismo político. Si alguna vez fue una democracia, electoralmente designada, nunca fue una democracia liberal. Razón por la cual, poco acató de las formas y derechos anexos a la misma y siempre consideró que si contaba con una mayoría podía arrasar a las minorías. Su visión es la típica de los populismos, su núcleo definitorio: la lucha frontal entre buenos y malos, pueblos y oligarquías.

Con nuestro país tuvo momentos aceptables y muchos malos. Desde la prohibición de viajes de argentinos a nuestras costas, hasta el largo cierre, promovido por los Kirchner, de uno de los tres puentes que nos comunican. No debe ser casualidad que la ex presidente, que durante años nos maltrató, no estuviera presente en el encuentro con nuestro candidato, pese a estar éste acompañado por Villar, su inefable compañera. Es aquí que surge la gran pregunta: ¿es aceptable que el Frente Amplio concurra a la capital argentina, a saludar el posible triunfo justicialista? ¿Qué significa esto para Uruguay?

Campañas electorales, como la actual son adecuadas para que los electores profundicen en el verdadero carácter de sus partidos. Ellos no se definen únicamente por sus programas -actualmente casi todos afiliados a una tendencia centrista de contenido similar. Hay que hurgar en otros gestos para develar su verdadero rostro. ¿Cuál mejor que éste, donde nuestro Frente Amplio, se congratula y se identifica con el peronismo argentino? ¿O reparar en su prolongada prédica por Venezuela? ¿Qué tiene esto de liberal? Son reminiscencias de un pasado que el Frente no logra superar.

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