Hebert Gatto
Hebert Gatto

Reflexiones desesperanzadas

Los tiempos transcurren en un entorno donde las noticias abruman, pesan co-mo plomo, cuestionan todo futuro decente a cientos de millones de personas de todas las latitudes que ya pueblan el mundo y a las otras que están en camino. Al momento de escribir, selecciono las más masivas, omito muchas.

Una caravana de varios miles de hondureños, mujeres, niños y adultos, permanecen en un estrecho puente, después de desplazarse a pie durante casi mil kilómetros. Pasan por cuenta gotas a México, en la otra ribera, para marchar hacia Estados Unidos. No los guía ni Dios ni Moisés, solo miedo, hambre y el mito del país de Jauja. Trump ya dijo que la mayoría son delincuentes; prometió, si no los detienen, militarizar su frontera y sancionar a los responsables. Sabe cómo se hace.

El fiscal general adjunto de los Estados Unidos, respaldado por el FBI, acusa a Rusia de intervenir en las elecciones de su país. Su presidente desestima las denuncias, convencido que su homólogo Vladimir Putin es un buen tipo y confiable. Putin por su parte, amenaza con destruir el mundo con sus cohetes, pero cree a Trump un ser fiable y pacifista, más allá de su reciente denuncia del tratado de armas nucleares de alcance intermedio vigente desde la guerra fría.

El disidente saudí Jamal Khashoggi, residente en EEUU y periodista del Washington Post, desapareció en el consulado de Arabia Saudí en Estambul. Le cortaron los dedos, lo decapitaron y lo desmembraron. Horas antes los empleados turcos del consulado habían sido licenciados. Donald Trump adelantó que la versión árabe de los hechos le parecía convincente, pese a reprobarla. Agregó que las relaciones de su país con Arabia Saudita eran estrechas y eso contaba. Como se sabe, EEUU se abastece de petróleo árabe y venezolano. Esto, principios aparte, probablemente permita la supervivencia de la monarquía saudí y del dictador caribeño, un hombre que día a día madura su caída.

En el Mediterráneo, mueren decenas de famélicos inmigrantes libios ahogados a pocas millas de la costa italiana —su tierra de promisión—, se agrava la caída en popularidad del dúo Angela Merkel/Emannuel Macron de los escasos internacionalistas que restan. Aumentan las dificultades de Theresa May para despedirse de Europa, así como se reiteran las malas nuevas sobre la economía uruguaya donde todos los indicadores apuntan derechito a la noche. Como si la bonanza terminara para siempre.

Pero nada de este brumoso repertorio del nuevo siglo perturba tanto como las nuevas de Brasil, el gran hermano americano. Bolsonaro, el temible militar con su bolsa de amenazas, seguramente se impondrá en las elecciones de nuestro vecino.

Su libreto ya es conocido. En plena campaña electoral, pese a cierta tardía temperancia ante la eventualidad del triunfo, sigue infundiendo pavor; no a sus millones de votantes que desconocen sus promesas, poco o nada le importan, o, en último caso, las comparten. Conciernen al resto de los mortales ya abrumados por Trump. Su discurso compone el personaje, no sus obras que nadie conoce, pese a su larga presencia como parlamentario. Entre sus primeras medidas propone: liberar la venta de armas, endurecer la represión, penalizar el aborto, responsabilizar penalmente a los mayores de 16 (inclusive), acabar con la financiación a organismos defensores de los derechos humanos, apegarse a consignas religiosas como "Dios encima de todos", refundar el patriotismo, eliminar la "ideología" de las escuelas (sic), relativizar la democracia y el equilibrio de poderes, procesar al candidato de la oposición, integrar con militares su gobierno, cesar la condena a la dictadura militar y a la tortura, terminar, en síntesis, con la laicidad. Al tiempo que anuncia su total coincidencia con los EE.UU. prometiendo el retiro de Brasil del tratado contra el calentamiento del planeta. Como si todo se compadeciera con el ideario de cualquier república democrática pensable.

El discurso es horrible, pero más allá de las limitaciones de Bolsonaro y de su destemplada ideología posfascista, resulta claro que su elección como presidente es resultado de una reacción visceral del pueblo brasileño ante la corrupción e incompetencia del sistema político de su país. Incluyendo al PT, a Lula, y al resto de los partidos. Por más que el fenómeno Bolsonaro no se limite a Brasil.

La respuesta antipolítica (que descree de instituciones, principios, garantías y de los derechos de las minorías), y niega la tradición ilustrada, atraviesa el mundo y ha llevado al éxito a distintos partidos populistas. Un fenómeno que ya hemos comentado y que permitió que en el siglo XXI tanto a la izquierda, con la proliferación de regímenes populistas en Argentina, Bolivia, Venezuela, Nicaragua o Ecuador como a la derecha, con modelos políticos como los de Hungría, Polonia, Austria, Italia o Francia, o incluso Alemania, emergieran partidos y movimientos que pretenden devolver "al pueblo" su perdida soberanía para, a través de un líder recrear una mítica comunidad orgánica de naciones.

El resultado es entronizar un modelo que, pese a su electoralismo, atenta contra la democracia liberal y la amenaza desde los dos extremos del arco ideológico de sustituirla por regímenes populares. En una reedición atenuada del totalitarismo antiliberal del siglo XX, solo que esta vez poscomunista o posfascista.

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