Hebert Gatto
Hebert Gatto

Populismo latinoamericano

En lo que sigue no nos detendremos en el populismo como categoría política, un tema que inunda bibliotecas, aún cuando desarrollaremos sus relaciones con la democracia, basándonos en la historia latinoamericana. En su decurso se han destacado los siguientes casos:

En lo que sigue no nos detendremos en el populismo como categoría política, un tema que inunda bibliotecas, aún cuando desarrollaremos sus relaciones con la democracia, basándonos en la historia latinoamericana. En su decurso se han destacado los siguientes casos:

A) Populismo clásico (1930/55): Getulio Vargas en Brasil, Lázaro Cárdenas en México, Juan Domingo Perón en Argentina, Víctor Raúl Haya de la Torre en Perú, Víctor Velazco Ibarra en Ecuador, Carlos Ibáñez del Campo en Chile.

B) Populismos tardíos (1970/80): Luis Echeverría y José Luis Portillo en México, Arnulfo Arias en Panamá y Alan García en Perú.

C) Populismos neoliberales (1980/2000): Carlos Salinas de Gortari en México, Carlos Menem en la Argentina, Alberto Fujimori en Perú, Fernando Collor de Mello en Brasil.

D) Populismos de este siglo: Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua, Hugo Chávez en Venezuela y Néstor y Cristina Kirchner en Argentina.

Todas ellos experiencias que pese a sus diferencias (sus variados períodos de aparición y los factores locales que las explican), pueden agruparse en un género. Así los sociólogos clásicos han expresado que el populismo es “la creencia que la virtud política reside en el pueblo auténtico y en sus tradiciones” (Peter Wills), mientras que para Edward Shills este se basa en “la supremacía de la voluntad del pueblo y la relación directa entre éste y su líder”.

Obvio que para el populismo el pueblo no consiste en un agregado de clases o sectores; simplificando drásticamente, lo social lo concibe como un mito, el reservorio último de las bondades morales, opuesto a la encarnación del mal encarnado en la oligarquía, su contracara definitoria.

Por su lado, para Ernesto Laclau, máximo ideólogo del populismo contemporáneo, el pueblo es una apelación discursiva, se constituye y autorreconoce como tal en el llamado del líder, quien equipara las distintas demandas y aspiraciones populares (sociales, económicas, culturales, etc.) y las unifica como exigencia política contra la minoría opositora. De allí resulta una lucha antagónica, tanto ideológica como emocional, entre amigos y enemigos, nunca diálogo y conciliación entre adversarios.

Lo novedoso de esta construcción es que el populismo no es un programa partidario, una forma de gobierno, un tipo de Estado o una ideología; se presenta como un modo de decir y practicar la política, con aspiraciones a constituirse en un sistema de dominación. Un sistema que careciendo de ideología propia se extiende de derecha a izquierda del espectro, dependiendo del líder y de su definición del pueblo. Sea éste Perón, Hugo Chávez o Donald Trump.

Mucho se ha discutido sobre sus relaciones con la democracia, especialmente desde que la izquierda posmarxista, a comienzos del presente siglo, restableció sus dañadas relaciones con el populismo. En este sentido se ha afirmado que su énfasis en el rescate de lo popular, especialmente en las postergadas periferias, constituye un llamado democrático y participativo que no puede desoírse.

No en balde, se enfatiza, que la democracia se define como el gobierno de los pobres, en una discusión que no es menor, y aún se encuentra sin resolución, pasados dos mil quinientos años. La misma que conduce a que los populistas perciban la multitud de instituciones que conforman el Estado moderno como rémoras para su propio desarrollo, impidiendo la consagración de la igualdad. Por más que aún si fuera admisible (que no lo es) que para hacer justicia la libertad deba sacrificarse a la igualdad, ello no supone que el populismo impulse programas sólidos de desarrollo económico que excedan el reparto prebendario asegurando su estabilidad. Algo que solo ha sucedido durante los breves períodos de bonanza económica internacional.

En lo referido a su forma de gobierno, a partir de Locke en la teoría, y en más de doscientos años de práctica viva, Occidente, no se rige por la democracia griega sino por la democracia liberal. Es decir por un régimen que representa a las mayorías electorales, pero en el marco de las garantías institucionales y de las libertades ciudadanas previstas para todos en el marco del Estado constitucional de Derecho. Consagrando de este modo estados y gobiernos que si no pueden (ni deben) omitir políticas sociales eficaces, tampoco pueden desdeñar los mecanismos institucionales que tutelan los derechos individuales y el propio funcionamiento del Estado. Ello en la medida en que consagran como principio fundante de la organización social, la autonomía y la dignidad de todos y cada uno de sus integrantes. Aún cuando estos principios no siempre se reflejen en su práctica, ni mucho menos su crítica al autoritarismo la eximan de atender sus crecientes inequidades.

Las democracias populistas latinoamericanas del siglo XXI, si bien reconocen el principio de mayorías, que exhiben como su blasón democrático, se manifiestan trabadas por mecanismos como la separación de poderes, la independencia judicial, las declaraciones de inconstitucionalidad de la ley, o las propias Constituciones, que al limitar la discrecionalidad de sus gobiernos asumen como contrarios a sus aspiraciones de dominio mayoritario. De allí sus llamados a reelecciones ilimitadas, reformas constitucionales, jueces digitados en su designación, rechazo a la libertad de expresión o recortes al poder del Parlamento. A los cuales consideran, no como mecanismos de preservación de la libertad individual y garantías frente al propio Estado, sino como barreras opuestas por las oligarquías a las legítimas aspiraciones de los pueblos.

Para su concepción, tanto las mayorías como concepto que refiere a una entidad numérica abstracta, como la nación, las clases sociales o el propio pueblo, colectivos igualmente abstractos, no admiten limitaciones justificadas en los derechos individuales de los ciudadanos. A los que califican como una egoísta concepción burguesa.

Nada ilustra mejor esta realidad que la actual situación venezolana y su actual agonía.

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