Hebert Gatto
Hebert Gatto

El fin de un período

En ocasiones el devenir histórico parece, por su regularidad, emular la ficción televisiva. Tal ocurrió con los regímenes populistas en el continente que esperanzados en la perpetuidad desaparecieron en menos de tres años, en una secuencia similar a las actuales series policiales.

Esas, hoy día tan frecuentes, con varias temporadas y decenas de episodios. Seriales teleológicas en las que inexorablemente cada capítulo, con diferencias menores en la trama, discurre en relación a un fin preestablecido que por turnos, elimina a sus protagonistas, primero a los muy malos luego hasta sus propios héroes, al inicio invencibles.

Un fatal determinismo que la realidad a veces desmiente y otras confirma. El desarme populista comenzó en el aquelarre caribeño de Venezuela, donde el creador y actor principal del "Socialismo del siglo XXI", y luego su patético relevo, impusieron una dupla que en poco tiempo terminó con su país. Hoy inexistente.

Lo siguieron, sin orden cronológico, la Argentina de Cristina Fernández, donde la mayoría de su pueblo logró escapar de la tensión bélica interna, al borde mismo de la guerra civil. La Bolivia de Evo, un exitoso cacique tribal dispuesto a perpetuarse ad eternum en el gobierno; el impetuoso PT de Brasil, encabezado por un Lula tan corrupto que al "padre de los pobres", hoy procesado junto a varios de sus ministros, le fue "donada", según sus jueces, la propiedad encubierta de un apartamento "tríplex" en Guaruyá, mejoras incluidas. Mientras hace pocos días los ecuatorianos, votando en referéndum, decidieron cerrarle el paso al inefable Correa, que amagaba, reforma constitucional mediante, con imponer al país un mandato propio del tamaño de su vida, además de encarcelar por peculado a su vicepresidente, hermano de leche del inefable.

Todo ese mundo, corrupto y autoritario, hijo de la bonanza externa, desapareció en un santiamén, aún si computamos su crecimiento, maduración y muerte, legando un enigma nada fácil de responder. ¿Qué explica que regímenes dominantes en cinco países, ocupando casi todo un continente, hayan colapsado al unísono en un lapso breve, empujándose unos a otros como fichas de dominó? ¿Será que el mundo está tan globalizado, son tantas sus interconexiones, que las desgracias de unos, en imparable infección virósica, alcanzan a todos? ¿O será que la implosión del pensamiento de la izquierda haya alcanzado tal dimensión que ésta haya perdido el objetivo? De tal modo que si antes era malo, ahora ni siquiera exista.

En el Uruguay, el alarmado presidente de la coalición oficialista se refirió a este colapso filial como una maniobra de desestabilización política contra la izquierda, que obliga al alerta rojo. No sea cosa que también el frentismo resulte alcanzado por la artera derecha antipopulista al acecho por América. Dicho sea esto pese que a nadie medianamente serio se le haya ocurrido, pese al compartido cacareo ideológico de los populistas, incluir al régimen uruguayo entre los mismos, asimilándolo con Bolivia o Venezuela. Pocas dudas caben de las carencias de este gobierno, pero el populismo, salvo aparentemente para el propio frentismo que tanto lo defiende, no es una de ellas. La historia uruguaya cargada de profundo respeto por las instituciones y alérgica a la corrupción, dificulta grandemente esa asimilación.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)

º