Hebert Gatto
Hebert Gatto

Pandemia y pospandemia

Es un lugar común sostener que la ansiada pospandemia generará cambios de alcance civilizatorio pese a no estar claro cual será su real alcance.

Por más que todos coinciden en que la velocidad con que se lograron las vacunas demostró el impresionante avance científico del siglo pasado y lo que va del presente.

En 1918, en plena modernidad, en la edad del higienismo médico, los automóviles, el teléfono, el cinematógrafo y las grandes ideologías, la llamada gripe española, mató cincuenta millones de personas. Se desconoce cuál fue el número de infectados por más que se estima que pudo haber alcanzado a un 20% de la población. La “Peste Negra” del siglo XIV superó largamente ese porcentaje.

Hoy, pese a la enormidad de los decesos, los fallecidos son bastante menos y se piensa que quizás la enfermedad pueda dimitir en los próximos meses. Pero estos datos, por más que alentadores, no contestan los interrogantes sobre las sociedades pospandemia. Bien puede pasar, como ocurrió con las grandes guerras del siglo XX, que otros virus nos esperen a la vuelta de la esquina. Solemos olvidar más rápido de lo que prevenimos.

A su vez, no por este indudable éxito de la ciencia debamos apostar, como implícitamente se reclama, que la misma, o sus cultores, reemplacen a los políticos en las decisiones sociales. La República de Platón con el gobierno de los sabios, está lejos de lo deseable. Los científicos son unos pocos, los políticos, somos, o deberíamos ser todos y en la gestión política democrática no solo interviene el buen saber y el rigor sino la ética, la prudencia, la experiencia en la convivencia, la subjetividad social, la voluntad ciudadana así como la capacidad global de evaluar las consecuencias de nuestros actos en todas sus incidencias.

Aspectos en los que los científicos, incluso en su propia labor específica, deben delegar en los oficiantes de otras prácticas, particularmente en los políticos. Aun cuando, tal como todos, se equivoquen y no siempre admitan los consejos adecuados. Aclaremos además que esto no significa que la democracia representativa, en la que el pueblo elige sus representantes, admita ser sustituida por una asamblea donde todos intervengan y nadie resuelva.

El filósofo israelí Yuval Harari, sostiene que como consecuencia del propio desarrollo científico el siglo XXI contó con instrumentos que, además del conocimiento médico y biológico, le ayudaron a resistir el aislamiento en mejores condiciones: la digitalización, la computación, la comunicación social a distancia, la inteligencia artificial.

En este contexto facilitador, explica que durante la pandemia se plantearon dos interrogantes de soluciones opuestas: a) rigor oficial en las medidas, siguiendo el ejemplo chino o empoderamiento ciudadano, apelando a la responsabilidad ciudadana ; b) nacionalismo o solidaridad mundial, a lo que yo agrego un nuevo papel para los estados.

Respecto a la primera encrucijada la polémica está en plena vigencia. Francia, Italia, España, y otros países europeos, ahora Argentina, discuten en las calles medidas como el confinamiento obligatorio, el estado de sitio, o disposiciones similares que, en aras de la salud pública restringen severamente las libertades ciudadanas y debilitan las garantías y prerrogativas que ellas conllevan.

No es casual, que en los actuales totalitarismos como es el caso de China o Corea del Norte, el problema ni siquiera se plantee. El gobierno decide y el pueblo acata. Nadas más peligroso para la estabilidad de las libertades que el acostumbramiento y la docilidad frente a su debilitamiento progresivo. Muy pronto se convierte en tradición. A su vez, y desde el otro extremo, regímenes populistas, como Bolsonaro en Brasil o, Trump en su momento en los EEUU, desdeñaron el desafío médico, abocados únicamente a la dimensión económica de la pandemia. En ambos casos fueron los más afectados por ella.

El segundo desafío refiere al camino adoptado en lo más crudo de la enfermedad. La descalificación de la OMS, inaceptable aun admitiendo las debilidades que esta exhibió, las políticas de nacionalismo médico, el acaparamiento de vacunas por las naciones ricas, mientras imploran por ellas las restantes, particularmente las más pobladas y pobres, son la parte visible del problema. Resultan una clara demostración que el nacionalismo, la idea de proteger a los propios a costa del entorno, no constituye la manera adecuada de prevenir una amenaza que carece de patria.

Afortunadamente, algunas decisiones de naturaleza internacional, como la propuesta de Joe Biden, de un impuesto corporativo mínimo que grave mundialmente y equitativamente a los grandes grupos económicos y financieros, con mecanismos de imposición y control internacionales, son buenas señales en ese sentido. Emergen como diques frente al escándalo de un capitalismo trasnacional que no tiene límites frente al lucro y la acumulación. Sin cooperación sanitaria y sin regulación económica internacional los triunfos en la salud son victorias efímeras que a corto plazo se vuelven derrotas.

No en balde cuanto más se difunde la pandemia más se siente la ausencia de políticas de salud centralizadas, con visiones generales que superen intereses locales y asuman que los seres humanos somos ciudadanos de un mismo planeta que no nos diferenciamos por la mayor o menor opulencia del PBI de nuestras naciones. La globalización económica, cultural y científica es un hecho irreversible que unifica a los seres humanos y le exhiben, como bien lo patentiza esta pandemia, la gratuidad de sus fronteras nacionales.

El ideal kantiano de una patria cosmopolita donde el hombre prime sobre accidentes geográficos e históricos pudo tener sentido en el pasado. Hoy no se justifica. Las fronteras nacionales no serán rebatidas por la pandemia, pero la humanidad daría un importante paso adelante, si la misma contribuyera a la creación de instituciones sanitarias, culturales y finalmente políticas, que paso a paso, fueran construyendo un nuevo mundo a salvo de egoísmos racistas. Lo cual no significa la desaparición de los estados, cuya necesidad hoy resulta evidente, sino la obligación de redefinirlos y adaptarlos a un nuevo orden internacional.

Ojalá la terrible pandemia que afrontamos sirva para caminar en ese sentido.

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