Hebert Gatto
Hebert Gatto

¿Un nuevo tiempo para la Argentina?

Por fin Macri, amparado por un inusual fallo judicial que estableció que el mandato de su antecesora vencía a las 11:59 horas del 9 de diciembre, consiguió jurar de la forma que lo indicaba el Reglamento del ceremonial presidencial.

Por fin Macri, amparado por un inusual fallo judicial que estableció que el mandato de su antecesora vencía a las 11:59 horas del 9 de diciembre, consiguió jurar de la forma que lo indicaba el Reglamento del ceremonial presidencial.

Una normativa que la mandataria saliente no quería utilizar porque interfería con sus compromisos personales. Entre otros, organizar un acto de despedida en Plaza de Mayo, con asistencia multitudinaria de la grey peronista, recordando inequívocamente que si abandonaba las instituciones, lo hacía sin atemperar su poder político.

El incidente no es, como podría parecer, un asunto menor, derivado de la megalomanía de una señora con ínfulas de emperatriz. Revela dos problemas estructurales que se cruzan en la Argentina con inusual intensidad: por un lado, las especiales características del peronismo, un fenómeno de masas no fácilmente explicable con las categorías políticas tradicionales; y, por otro, el particular populismo poscomunista que ostenta la izquierda latinoamericana, decidida a preservar por vías oblicuas su vocación revolucionaria.

Desde su aparición el peronismo cruzó con una marca indeleble la historia argentina. A partir de la mitad del siglo XX su presencia fue determinante en la vida de esa nación. Desde el gobierno o la oposición, pero siempre expresando, ya las esperanzas, ya las largas frustraciones de las masas. Cuando no ocupó la Presidencia, habilitó sin quererlo a que un ejército reaccionario, inspirado a su vez en las más oscuras tradiciones de la derecha católica conservadora, usurpara el gobierno. Pero aún entonces, no muy lejos del fascismo, configuró una esperanza liberadora para millones de argentinos, una multitud desarraigada y policlasista, cuyas aspiraciones de integración ya no soportaban la sempiterna patria oligárquica. Fueron los trabajadores, pero también los desempleados, los marginados, algunos intelectuales y los pobres en general, capas de origen difuso pero incontenibles, que hallaron en sus consignas la primera esperanza de liberación.

La Argentina no tuvo la suerte de tener, como le ocurrió a Uruguay en las primeras décadas del siglo XX, un batllismo que expresara las aspiraciones de estos sectores y las encuadrara en marcos institucionales democráticos. Ello significó que encontró en el general y su paternalismo un camino de redención heterodoxo, incapaz de apelar a la democracia ni al respeto mínimo de las instituciones. Ese fue el primer vector del drama histórico argentino, tan determinante que frustró el esfuerzo generoso de la presidencia del gran demócrata que fue Raúl Alfonsín.

Arribando al final del siglo XX, ya muerto su conductor original, el peronismo ratificó que se trataba de una carcasa ideológicamente vacía, aunque continuara encarnando las esperanzas de los más humildes, por más que ya no de su totalidad. Dentro de sus límites, representó desde el liberalismo irresponsable de Menem al populismo poscomunista de los Kirchner, la actual vía caudillesca de la izquierda tradicional, que es hoy, para muchos, la única esperanza; y que de hecho es una práctica capitalista mezclada con retórica socialista. Cristina lo expresa y este triste incidente es una demostración de las dificultades que se avecinan, aunque también manifieste las ilusiones, hasta ahora contenidas, de la otra parte de nuestros vecinos.

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