Hebert Gatto
Hebert Gatto

El fin del milagro

En general se coincide que la práctica del football, comenzó en los colegios ingleses sobre fines del siglo XVII, extendiéndose progresivamente al proletariado urbano.

En 1846 se sancionaron en Cambridge sus primeras regularizaciones reglamentarias, culminadas años después con la aparición de la English Football Association. En el Uruguay, arribó con los inmigrantes británicos, implantándose entre sus escuelas y empresas durante las últimas dos décadas del siglo XIX, para difundirse luego entre la población local. El Albion, el primer club uruguayo apareció en 1891; en 1900 surgió la Uruguay Association de Foot-ball, mientras al año siguiente el seleccionado nacional jugó y perdió su primer match contra Argentina.

Así esbozada surgió la pasión futbolera rioplatense y algo más tardíamente latinoamericana, que hoy emerge, por lejos, como el deporte más difundido del planeta. Un sentimiento que no reconoce fronteras, religiones o regímenes políticos. Recuérdese, para calibrarlo, lo que fue el fútbol en la Unión Soviética cuando, durante la guerra fría fungió como asunto de estado, o su actual desarrollo en el mundo musulmán.

Se estima que doscientos sesenta y cinco millones de personas lo practican y que más de seiscientos millones siguieron por televisión el último mundial. Según la consultora Deloitte mueve en forma directa más de quinientos mil millones de dólares al año (sin contar negocios laterales), alcanzando a más del 1% del PBI de la humanidad, lo que, para una actividad de carácter lúdico constituye una cifra portentosa. Por más que su relevancia no sea únicamente económica, ni puramente deportiva, sino que se destaca como un potentísimo símbolo de identificación nacional, capaz de promover celos patrióticos o incluso —como ha ocurrido— conflictos bélicos territoriales. No solo entre naciones, sino al interior de las mismas, donde los clubes urbanos representan sectas o fratrías enfrentadas con luchas, "vendettas" y crímenes de sangre en un mismo espacio nacional.

Para nuestras pequeñeces, monetarias y demográficas, agravadas por la reducida asistencia a los partidos —producto de la pobreza y la violencia patoteril de sus escenarios deportivos—, igualmente el fútbol representa un área de servicios prioritaria que en su conjunto no debe andar lejos del promedio mundial del 1% del producto nacional, alrededor de quinientos millones de dólares anuales. Y ello pese a que las remuneraciones de los jugadores locales, obvios gestores del espectáculo, se alejan en leguas por segundo de lo percibido por sus similares extranjeros. Los divos del mundo moderno, las promocionadas figuras que sustituyen al esmirriado campeonato local con rutilantes enfrentamientos en las ligas del primer mundo. En ese sentido no debería sorprender que el Uruguay, un pionero futbolístico, se encuentre alcanzado a nuestra escala por los problemas de corrupción que persiguen al fútbol por gran parte del planeta. Y en grado más que destacado en nuestro continente.

Como cabía esperarse, luego de los impactantes escándalos ocurridos en la Conmebol y la FIFA y de la extraña participación de los Estados Unidos enjuiciando los mismos —un país donde por lo general los delitos señalados no ocurrieron y el fútbol exhibe presencia secundaria— el destino nos alcanzó directamente.

Primero fueron los deslices del Sr. Figueredo, un astuto comerciante capaz de obtener tajada de cada negocio que pasaba por sus manos y al tiempo escalar los más altos nichos del fútbol sudamericano y ahora los de su sucesor, un hombre de perfil bajo pero de audios proficuos. Al tiempo que varios de los involucrados en la comedia de la sucesión, mintieron por turno y negando extorsiones que, lo quieran o no, generaron con sus hechos. Todo ello en medio de la desesperante orfandad de los clubes, entidades barriales de escasos socios en su nómina que acosados por la miseria no pueden hacer otra cosa que vender al precio de la necesidad, su escaso patrimonio (players cada vez más jóvenes e inexperientes). Bien al exterior, bien a una empresa local, la primera en el país, que con férrea lógica capitalista concibió al fútbol como un negocio y no como una heroica actividad artesanal. Una lógica que los uruguayos nunca le perdonaron.

La actual crisis concluirá y el fútbol recuperará su precario equilibrio. Lo que no ocurrirá es que recobre su salud. Por estos lares, vale recordarlo, la historia comenzó no hace tanto, como pasión juvenil sobre los terrones de un terrenito de la cuadra o en algún campito suburbano en el interior. Los presidentes de los equipos eran buenos vecinos, los más meritorios del entorno. Los eternos déficits se financiaban con colectas. La sede deportiva, una cantina, un vestuario frío y el eterno canchero-masajista. Los mitos: Obdulio imponiendo calma, pelota bajo el brazo, ante doscientos mil brasileños eufóricos por su gol primerizo, el posterior triunfo mundialista uruguayo; el tuya Héctor de la final olímpica de 1928 o las endemoniadas fintas del irrepetible Schiaffino en el Centenario del treinta.

Hoy esto es recuerdo y nostalgia. Las dimensiones del fenómeno ya no son manejables. Los equipos son sociedades con accionistas árabes. El fútbol se dirige desde Suiza que aprueba o veta la idoneidad de los mandatarios locales o los interviene sin causas, razones o juicio previo. Nadie sabe muy bien quién, por qué, siguiendo cuál procedimiento, o con qué derecho. Las apelaciones, cuando las hay, caen mal.

Las ligas nacionales y los jugadores estrella se promocionan por cifras delirantes. Los incesantes enfrentamientos entre equipos jamás se detienen. A toda hora, en todo el planeta, la pantalla chica resplandece con enfrentamientos entre atletas portentosos. Los Dioses inefables del Olimpo de los medios. En nuestro Uruguay jamás pisarán una cancha, salvo si son orientales en edad jubilatoria.

Por su lado, los torneos internacionales, mundiales o regionales, se comercializan en cifras inalcanzables. Proporcionales al valor de sus actores. Muy pronto, los uruguayos no podremos pagarlos, pero obligados, seguiremos exportando materia prima humana. El fútbol, metáfora de un mundo globalizado e inequitativo, habrá alcanzado irreversiblemente, el Edén de los poderosos.

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