Hebert Gatto
Hebert Gatto

La izquierda del siglo XXI

En términos epocales la condena de Lula, además del probable final de una epopeya política individual, señala el cierre del segundo ciclo del predominio de la izquierda en el continente latinoamericano.

Si su primera aparición exitosa coincidió con la revolución cubana y la subsecuente emergencia de la guerrilla, a comienzos de los sesenta, su segunda llegada, luego del decisivo colapso soviético, coincidió con el nuevo siglo, cuando el triunfo de Chávez en Venezuela y la generalización de su proyecto por Argentina, Bolivia, Ecuador o Paraguay, prometió un nuevo ciclo plagado de grandes ilusiones. Por más que al presente, culminados ambos períodos, podamos advertir, particularmente en nuestro continente, una diferencia muy notoria entre ambos lapsos, que explica las particularidades de la historia de la izquierda co-mo ideología política.

Cuando Fidel Castro y sus jóvenes acompañantes bajaron de la Sierra Maestra, su revolución pareció por un instante la gesta romántica de un grupo de estudiantes contra el secular despotismo del continente; sin embar-go, muy pronto, primero en Europa, luego en Asia y algo más tarde en América y África, fue recibida como la consecuencia de la final descomposición del capitalismo, que permitía esperar, paso a paso, continente tras continente, la emergencia de una diferente realidad social.

Por entonces para muchos el futuro de la humanidad era el socialismo, no solo por el secular estado de atraso de los pueblos oprimidos sino como resultado de las insalvables contradicciones de un sistema socioeconómico como el capitalismo, que de modo necesario se aproximaba al fin de su ciclo histórico. La convicción era que el nuevo modo de producción no tenía ni retroceso ni marcha atrás.

Como hoy sabemos, esta novedad cargada de tantas esperanzas concluyó con la final implosión de socialismo soviético y el inmediato derrumbe del resto de su imperio, persistiendo remanentes como Cuba y Norcorea que más desencantan que seducen.

Sin embargo, para gran parte de sus anteriores simpatizantes, los agrupados en la izquierda más dura y consecuente, este colapso no erosionaba el libreto marxista que seguía siendo esencialmente correcto, solo que había sido mal ejecutado. En todos y en cada uno de sus ejemplos. Por más que a la larga esta creencia, de raigambre mística, no pudiera conservarse, salvo en algunos Partidos Comunistas como el uruguayo, más nostálgico que convocante. La realidad los refutaba y a las nuevas generaciones no les interesaba.

A partir de los noventa el marxismo languidecía a medida que el fracaso y los horrores en términos de vidas humanas de su experiencia rusa, china o polaca y su ineficacia económica, se hicieron públicos. Paralelamente y pese a su pobreza intelectual, la ofensiva neoliberal, con Thatcher y Reagan a la cabeza parecía capaz de expulsar definitivamente al progresismo (como sintomáticamente comenzó a denominarse desde entonces el pensamiento de la izquierda). De hecho el marxismo solo resistía en reductos universitarios privando a la izquierda política de su mayor capital.

Ni obstante lo ya sucedido en Cuba, "el progresismo" latinoamericano se dotaba de un nuevo mensaje. Confirmando que en política nada es definitivo.

De la mano del estrambótico Hugo Chávez renació un segundo "huracán sobre el azúcar" que prometía recuperarla del vacío doctrinario que la aquejaba. Solo que ahora las antiguas fórmulas benditas, como la certeza histórica, el proletariado como clase universal, la revolución social, la democracia formal y el inevitable fin del capitalismo, ya no resultaban actuales. Después de ciento cincuenta años de llenar bibliotecas y universidades, habían envejecido en apenas dos decenios. No era necesario defenestrar sus claves, mostrar sus inconsecuencias, alcanzaba con callarlas o en todo caso venerarlas como símbolos chamánicos. El socialismo mantenía vigencia, pero su llegada se difería para un futuro utópico e indeterminado.

La izquierda, paralizada por el derrumbe soviéti- co, necesitaba cambios y cambió. Reapareció el populismo, la llamada performativa a la conformación del Pueblo como sujeto histórico. Ya no era necesa- rio, como antaño, reclutar a las clases trabajadoras, ni aguardar al avance de la historia. La vida social se reducía a la lucha entre "nosotros" y "ellos" y la democracia se transformaba en la exclusiva voluntad de la mayoría a cuyos líderes nada podía negárseles. Todo se explicaba por "el cambio de los tiempos". Así se consolidaron: Hugo Chávez, Cristina Fernández, Evo Morales, Fernando Correa, Nicolás Maduro, Álvaro Uribe.

Este segundo ciclo de aproximadamente quince años, se cerró con el encarcelamiento de Lula, y la debacle de los restantes populismos. Inmersos en el desorden social y la corrupción. Por más que no todos en el "progresismo" acepten este veredicto. Los remanentes de la izquierda clásica, sostienen que el desastre no les es imputable.

El gobierno del PT pese a sus pretensiones, nunca la representó. Si bien Lula no merece la cárcel, se trata de un mero reformista. Pactó con la burguesía para obtener una mejor redistribución del ingreso y lo hizo sin cambios estructurales y sin frenar la corrupción, la inflación y el déficit fiscal. De hecho Lula nunca implicó una amenaza para el capitalismo brasileño, que lo desechó cuando lo consideró conveniente. En el semanario Brecha está posición está bien reflejada.

Por su lado, para la otra izquierda, la populista, como el caso del frentismo uruguayo, tanto en su representación política como sindical, lo ocurrido es una maquiavélica conspiración derechista que muestra las dificultades para valerse exclusivamente de las instituciones. Nada más sencillo, sostienen, que utilizar al Poder Judicial para "golpes legales".

No nos compete dirimir conflictos ajenos. En todo caso las dos fracciones de una izquierda ideológicamente dividida, coinciden en su conocida dificultad para manejarse con la democracia liberal y sus formalismos. Además que ambas coinciden en un extremo: ninguna plantea un programa que le permita enfrentarse al siglo XXI. Eso no implica que no puedan ganar elecciones. Programáticamente, tampoco la derecha ofrece demasiado como alternativa.

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