Hebert Gatto
Hebert Gatto

Las invasiones del siglo XXI

No transcurre un solo día sin que aumente la presión de los inmigrantes para ingresar en ese oscuro deseo en que se ha transformado Europa. En un asalto pacífico pero igualmente amenazante para sus habitantes, para algunos equiparables en sus efectos a las invasiones bárbaras del último tercio del siglo IV. Las mismas que arrasaron al imperio romano.

No transcurre un solo día sin que aumente la presión de los inmigrantes para ingresar en ese oscuro deseo en que se ha transformado Europa. En un asalto pacífico pero igualmente amenazante para sus habitantes, para algunos equiparables en sus efectos a las invasiones bárbaras del último tercio del siglo IV. Las mismas que arrasaron al imperio romano.

Las cifras son abrumadoras, con independencia que aquellos que emprenden el difícil viaje hacia la añorada tierra de los infieles sean refugiados o inmigrantes; en su enorme mayoría musulmanes que huyen de la ortodoxia de sus compatriotas. La diferencia es jurídica; en el primer caso se trata de perseguidos políticos o víctimas de la guerra que solicitan ser acogidos en la nación que otorga el asilo, en el segundo aquellos que sin remedio económico a la vista y desesperados, eligen exiliarse voluntariamente.

En ambos casos hombres, mujeres y niños que vejados en sus tierras, sometidos a conflictos inmisericordes o imposibilitados de satisfacer mínimos económicos de supervivencia, prefieran morir en las procelosas aguas del Mediterráneo, enredarse en las tupidas alambradas húngaras, resistir la temible policía macedonia o caminar durante días y más días, a menudo desafiando una geografía hostil -la ruta más rápida para llegar a Canadá es actualmente Alaska-, pero que en cualquier caso carecen de la posibilidad de vivir donde nacieron. Pese a que ninguno ignora la amargura del pan del exilio.

Hasta el 1 de septiembre se estima que trescientas cincuenta mil personas habrían ingresado al continente, la mayoría de ellos por Grecia e Italia. No se trata de una cantidad inasimilable si advertimos que sólo constituyen el 0.06 por ciento de los europeos, una cifra muy menor frente a los casi cuatro millones de migrantes ya establecidos en Turquía, Líbano y Jordania, pero que aún así representan una multitud importante que debe integrarse en un período breve en economías que no se encuentran en su mejor momento.

Cierto es, además, que Europa, a diferencia de los Estados Unidos, no aparece como un continente de inmigrantes, sino exactamente al revés. Fue con sus aportes poblacionales y con las forzadas contribuciones africanas que se poblaron los estados americanos. Un precedente que los europeos no deberían olvidar tan fácilmente ni utilizar como pretexto para evadir sus responsabilidades.

¿O acaso Europa a través de la OTAN no apoyó a los Estados Unidos, en sus desintegradoras intervenciones en Irak o Afganistán? ¿Y no jugó un rol protagónico en la desestabilización de Libia, haciendo que patéticas dictaduras locales terminaran generando una crisis civilizatoria de repercusiones globales? Sin olvidar que fueron estas intervenciones militares las que facilitaron la aparición del execrable Estado Islámico, de Boko Haram o del Frente Al Nusra.

Aún cuando, todo debe decirse, si bien estos grupos no se confunden propiamente con el islam, la facilidad con que proliferan debería obligar a los musulmanes a reflexionar sobre cuánto ayuda al terrorismo el exclusivismo religioso.

Un pecado del que no se libran ni siquiera los que ahora emigran.

Afortunadamente las últimas noticias estarían indicando un cambio favorable en las ambiguas políticas europeas sobre este tema. Lo deseable sería que las mismas fructificaran. No sólo abriendo fronteras, sino impulsando, a través de las Naciones Unidas, el fin del terrorismo en su tierra de origen.

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