Hebert Gatto
Hebert Gatto

Una historia que retorna

Concluye el 2018 y comienzan los balances, entre ellos la visión de sí mismo que nos deja el Uruguay, un colectivo gris, sin aptitud para mejorar, alicaído y sin ilusiones, lejos de lo que fuimos en tiempos aún cercanos.

Por si sirviera de consuelo, muchos otros países en el mundo tampoco viven satisfechos con sí mismos. Fuera de los desastres epocales, como la contaminación, la inminente superpoblación, el posible superestallido nuclear, y la insultante desigualdad de un mundo de muchos pobres y poquísimos millonarios, hay cuestiones de orden local también preocupantes, aún cuando no tengan escala planetaria. El mundo árabe se descompone, África adelgaza por inanición, el nacionalismo amenaza Europa, Rusia añora a Stalin, China aumenta la represión interna mientras Estados Unidos mejora su economía, como si “América First” equivaliera a “Mundo First” y Trump, el gatillo fácil, responsable de tantos muertos sin contar mejicanos, ameritara su reelección. Por supuesto nada de esta secuencia justifica optimismos por más que creo que los males uruguayos no se corresponden con las muchas desgracias del mundo, tienen historia y etiología local. Nuestro país vivió sus mejores tiempos con el primer batllismo, cuando sin percibirlo enteramente, iniciamos un ciclo de crecimiento y modernización ejemplar, al que contribuyeron, aún en su recíproca oposición, los dos partidos tradicionales. No fue así porque los índices de crecimiento nacionales lucieran asombrosos. Tampoco por nuestros logros culturales a pesar de lo bien que nos situábamos comparándonos con el resto del mundo. Éramos una nación donde un estado, devenido sin excesos en gestor, junto a una sociedad pujante, capaz de integrar el alud inmigratorio europeo, se dio el lujo, inusual para la época y el continente, de crear un sistema político inclusivo con atisbos fuertes de justicia social. Por más que aún con sus altibajos nuestra principal conquista radicara en crear, en menos de medio siglo, una sociedad mesocrática culta, orgullosa y henchida de esperanza. Segura de sí y de su futuro.

A mediados de los cincuenta el impulso conoció su freno e inauguramos un largo receso de más de veinte años que, paso a paso, consiguió licuar el optimismo oriental. Todo terminó con una desafortunada guerrilla y como desproporcionada respuesta, una nefasta dictadura militar. La peor tragedia de nuestra historia. Aún así, quizás por la ingenua creencia que superada la misma todo volvería a su cauce, lentamente renació la esperanza. La izquierda, con comunistas y socialistas como eje, en coalición con parte del centro irrumpió prometiendo transformaciones que alcanzarían “las raíces de los árboles”. Al cabo de la deforestación, el socialismo. La ilusión renacida se impuso a la decepción. Una inesperada coyuntura internacional permitió una correcta gestión en la primera administración frentista que, respondiendo a su conductor, se caotizó en la segunda. Hoy finalizando su tercer gobierno, los resultados señalan incertidumbre e incumplimientos. Pero más relevante que su fracaso es lo que la izquierda ha perdido: su capacidad para ilusionar, para brindar esperanzas. Tal como si, por este camino, con marcha en reversa, volviéramos a la mitad del pasado siglo. A la boca de un oscuro túnel sin salida.

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