Hebert Gatto
Hebert Gatto

Un gesto para celebrar

El 27 de octubre de 1983 el régimen militar uruguayo, ya debilitado por los resultados de su derrota en el referéndum constitucional de 1980, debió aceptar la realización de un acto de masas en el Parque Batlle, donde más de cuatrocientos mil uruguayos le manifestaron su repudio.

Bajo la consigna de "Todos juntos por libertad, trabajo y democracia", Alberto Candeau, con sonoridades inolvidables, hizo saber que nuestro pueblo no soportaba más represión y exigía el restablecimiento de las instituciones para el próximo período de gobierno. Quince meses más tarde, empeñándose a fondo, la dirigencia política uruguaya, aún manteniendo sus divergencias, ponía punto final al más triste período de la historia del país. Pasados treinta y cinco años de esa formidable expresión de valor popular y sabiduría partidaria, las juventudes coloradas, nacionalistas e independientes, decidieron recordar el acontecimiento.

Por más que la rememoración no tuvo solamente un sentido histórico. Los jóvenes sintieron que las instituciones, tanto en nuestro continente como en el mundo se encuentran expuestas, jaqueadas por la corrupción y la indiferencia popular por lo que decidieron unirse "para decir fuerte y claro que apoyamos profundamente al sistema democrático de gobierno" …."hoy amenazado por discursos de odio". Por eso no puede más que celebrarse esta decisión supra partidaria, mucho más difícil de adoptar de lo que parece, recurriendo a lo mejor de nuestra historia se levanta frente a un ambiente político con tendencias a la rispidez y al cansancio. Especialmente porque, siguiendo una tónica muy marcada, se agudiza la diferencia entre izquierdas y derechas que sin solución de continuidad se suceden en los gobiernos sin claros resultados para el país.

Tal como si los paragolpes ideológicos y la morosa plasticidad de las instituciones que conlleva la democracia a través de sus controles y garantías, cedieran ante la falta de logros. En su lugar aparece la protesta destemplada, la confrontación callejera que sustituye al diálogo y que algunas organizaciones, particularmente los emergentes partidos populistas celebran como zenith de la lucha social. Si alguna duda cupiera basta con mirar a nuestro alrededor para advertir como la "grieta" avanza en la Argentina, donde el enojo entre el peronismo saliente y el macrismo sucesor, adquiere, a menudo ribetes de tragedia épica. O en Brasil, donde el izquierdista gobierno de Lula y Roussef, corrupción incluida, aparece sucedido por un elenco dispuesto a gobernar desde las antípodas bajo la amenazante administración de Bolsonaro, por ahora más inclinado a los cuarteles que a los civiles.

En nuestro país, sus partidos más allá de aciertos y errores, exhiben una buena cohesión partidaria, producto de la cultura política de una nación que pese al desorden ideológico de la década del sesenta, hoy afortunadamente bastante amortiguado, ha sabido enfilarlos por la senda de la democracia liberal. Sólo el Partido de la Gente no respondió a este generoso llamado de los jóvenes. Es el único que ha confundido un partido político con una empresa y a los políticos con mediocres gestores administrativos. Los elige mediante consultoras. Por si no alcanzara, su inspirador, terminó vivando a Bolsonaro.

Afortunadamente un dedo no hace una mano.

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