Hebert Gatto
Hebert Gatto

Elecciones y sistema de gobierno

Los comicios ratifican que el país se encuentra cortado por mitades y la elección presidencial, sin perjuicio del favoritismo de Vázquez, se dirimirá en su confrontación, pese a que el Partido Nacional, fiel a sus principios, promete dar batalla. A muchos nos preocupa el sentido y las causas de esta profunda división que trasciende la política y se vincula con el liberalismo, prácticamente ausente en la izquierda frentista.

Los comicios ratifican que el país se encuentra cortado por mitades y la elección presidencial, sin perjuicio del favoritismo de Vázquez, se dirimirá en su confrontación, pese a que el Partido Nacional, fiel a sus principios, promete dar batalla. A muchos nos preocupa el sentido y las causas de esta profunda división que trasciende la política y se vincula con el liberalismo, prácticamente ausente en la izquierda frentista.

Aquí lo que está en juego son diferentes valoraciones sobre el individuo, las clases sociales, el constitucionalismo, las garantías de los derechos y las formas futuras de convivencia económico-social. Es claro que pese a las mutaciones ideológicas que atravesó la izquierda, es su fuerte antiliberalismo el que aún la domina. Algo que explica por qué esta coalición, que, como proponía Gramsci, supo triunfar en la batalla cultural, aparece como una formación original, distinta a sus congéneres y similar al PRI mejicano.

Los partidos menores obtuvieron alrededor del cuatro por ciento del electorado, lo que agrega al panorama una mínima dispersión. Pero el fenómeno divisivo abarca y alinea a todos y es más que político: significa una fractura cultural, de otro orden que el antiguo bipartidismo tradicional. Lo que resulta explicable puesto que el liberalismo, en tanto humanismo, es opuesto al socialismo pero no se relaciona con la falsa idea divulgada por la izquierda que es igual al libre mercado y a la explotación. Supone sencillamente la prioridad moral de la autonomía humana.

Nuestra configuración institucional obliga a preguntarse si el actual diseño de gobierno, cualquiera sea el presidente electo, es el que mejor se adapta a nuestra realidad. O más claramente: ¿nuestro presidencialismo, de poder dividido, es el formato constitucional más adecuado para esta realidad de dos bloques de varios partidos? ¿O será preferible para la futura gobernabilidad un régimen como el parlamentario que propende a formar coaliciones parlamentarias y donde generalmente el primer ministro surge de mayorías obtenidas en la propia dinámica del parlamento? ¿Un nuevo diseño no contribuirá a superar la actual división cultural?

La pregunta, presente desde siempre, adquiere una importancia que no tenía en el pasado. El parlamentarismo adoptado de forma prácticamente unánime por las grandes democracias europeas, facilita la gobernabilidad de países con formato pluripartidista a la vez que supone una maleabilidad para la formación de gobiernos que no tiene el presidencialismo, sujeto a la rigidez de elecciones cada 5 o 6 años y sin posibilidades de recambio durante ese lapso.

No se trata, aún en su forma racionalizada, de una fórmula mágica, un talismán capaz de solucionar todos los problemas de la democracia uruguaya; supone una forma que evita los graves atascos del presidencialismo, especialmente las tensiones entre los poderes del Estado tal como ocurrió recientemente con el creador de esta forma, los Estados Unidos, donde el presidente enfrentado al Parlamento no lograba que éste le votará las leyes presupuestales, vitales para el funcionamiento del Estado. Pero que además tiende a una convivencia política y cultural más fluida y cambiante. Sabido es que el sistema de partidos no es modificable porque depende de los humores ciudadanos, ¿por qué entonces no transformar la forma de gobierno? ¿No sería deseable un país menos enfrentado internamente y más abierto al diálogo?

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