Hebert Gatto
Hebert Gatto

Las elecciones catalanas

Los partidos independentistas catalanes han promocionado los recientes comicios como un rampante triunfo secesionista, victorioso frente al centralismo español.

Tanto que el inefable Carles Puigdemont ha pretendido que Rajoy lo entreviste en Bruselas!!!

Algo similar, pero menos explicable, difundieron los periódicos internacionales, señalando la derrota del Partido Popular y lo que estiman un error por haber aplicado a Cataluña del art. 155 de la Constitución. Ambos se equivocan pero por diferentes razones.

Quebrando una secuencia, por esta vez las encuestas acertaron. Si bien los resultados no supusieron grandes modificaciones, ello no permite sostener que los independentistas hubieran obtenido una impactante victoria. Más bien, ocurrió lo contrario.

Superando una primera impresión, resulta claro que el proceso independentista promovido por Puigdemont y los sucesos posteriores, particularmente la farsa escénica del 21/10, operaron como una forma aviesa de avivar los sentimientos independentistas de los catalanes, humillados, como se destacó, por la prepotencia de Madrid.

Nada más impactante que las imágenes, cuidadosamente orquestadas, de multitudes indefensas atropelladas por las disciplinadas fuerzas de choque en los anchas avenidas barceloneses o las continuas alusiones a la inerme democracia catalana vejada por el desbocado autoritarismo castellano.

No obstante lo que se dijo y se mostró, tales maniobras solo tuvieron un éxito muy parcial. Causaron impresión pero no votos. Si la ola independentista, pese al fervor fabricado, mantuvo sus niveles, al final terminó decreciendo. Tanto porcentualmente como en escaños.

En cuanto a las críticas a Mariano Rajoy, un hombre de magro carisma que no es Macron ni Angela Merkel, creo que no fueron totalmente justas. Imputar delitos es materia que definen los jueces. Lo más que podrá achacársele es que mostrándose irresoluto dejó crecer la ambición sesecionista. Actitud en la que con parecida ambiguedad lo secundó el socialismo, ambos con una estrategia demasiado costosa para la integridad del país.

Los liberales unionistas de Ciudadanos obtuvieron la mayoría electoral con 36 bancas, aumentando su representación en alrededor de un 30% (en el 2015 habían cosechado 25 escaños). Su éxito es el hecho más significativo de estos comicios. Por su lado los dos principales partidos independentistas, cuyos primeros candidatos se encuentran presos o fugados, obtuvieron 66 bancas, mejorando solo en cuatro su anterior performance conjunta. Esta vez la derecha del huidizo Puigdemont aventajó a la izquierda de Oriol Junqueras. Y tal como era previsible se derrumbó estrepitosamente el PP de Rajoy, mayoritario en España, reduciendo su participación de 11 a cuatro escaños. En tanto el Partido Socialista de Cataluña mejoró en una banca. Un resultado muy lejos de sus aspiraciones que también lo compromete a nivel nacional. Por su lado la CUP, la temible izquierda antisistema de Cataluña, se redujo a la mitad (de 8 a 4), y Cataluña en Común, junto a Podemos, ambos, pese a cierta ambigüedad, contrarios a la independencia, bajaron su representación de 11 a 8 bancas en mal desempeño. Resultado problemático para Pablo Iglesias y su anacrónico partido, ideológicamente hermanado con los populismos latinoamericanos a los que reivindica.

Estos guarismos algo alteran el mapa electoral. La izquierda catalana en su conjunto baja su presencia en alrededor de siete escaños, aproximadamente una pérdida del 15% (mayor aún si no se incluye al socialismo o a Esquerra Republicana, ambos de dudoso izquierdismo). Este porcentaje favorece al centro liberal del espectro, representado por Ciudadanos, quien absorbió la abultada pérdida electoral del P.P. mejorando notablemente su participación respecto a derechas e izquierdas netas. Algo que también supone un aliento a la racionalidad democrática.

Con este panorama nadie tendrá mayoría para gobernar en solitario, lo que obligará, como venía ocurriendo, a la formación de coaliciones, solución posible si el partido de Puigdemont, Esquerra y la CUP lograran reeditarla. Lo que es probable pero no seguro, dadas sus diferentes visiones ideológicas, solo contestes en la secesión de Cataluña. Además que no pueda omitirse que los seguidores de Puigdemont se reconocen de centro derecha mientras Esquerra adhiere a una izquierda no marxista, diferencia que se hizo presente en la campaña.

En relación al tema independentista —la gran preocupación subyacente—, el escenario tuvo aún menos variaciones. La mayoría de la población, de acuerdo a lo expresado por los partidos, se decantó por la unidad de España, que en votos emitidos triunfó por un pequeño porcentaje, si incluimos entre los no independentistas a Cataluña en Común, que así se definió. Pese a que, producto de la ley electoral, la victoria no se refleje en escaños. Este resultado, si primara la sensatez, implicaría que la independencia quede desde ahora, definitivamente superada. No por la escueta mayoría de sus rivales, sino porque estos comicios fueron una clara demostración que los catalanes están profundamente divididos y que en tales condicionesla secesión no resulta pensable, aún si se aceptara, lo que obviamente no es de recibo, que ellos pudieran decidirla por sí solos. ¿Cómo justificarla sin contrariar la voluntad de la mitad de la población?

Con ser decisivas, porque atañen a la democracia, no son estas las únicas razones que militan contra la independencia. Cataluña luego del 21/10, aumentó la desocupación, bajó el turismo, redujo la inversión, perdió más de tres mil empresas y bajó sus índices económicos restantes, ello ante la mera posibilidad de alejarse de la península. Tal la supina insensatez de Carles Puigdemont y sus seguidores empeñados en un camino que Europa rechaza, pero que a su vez sufre como enfermedad, tanto a derecha como a izquierda.

Insistir en él supone aislar la región y someterla a una violenciaimpensable, sea cual sea la forma en que se resuelva la conformación del gobierno catalán. Un tema de ingeniería parlamentaria inhábil para resolver la disputa independentista, asunto de orden jurídico y cultural solo dirimible con el pronunciamiento claro y mayoritario de todos los españoles.

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