Hebert Gatto
Hebert Gatto

El drama venezolano

El 7 de julio de 1976 la República de Venezuela, herida en su dignidad, ante la violenta captura, en los jardines de su Embajada de la maestra Elena Quinteros, rompió relaciones con nuestro país.

Aquel insólito secuestro de la dictadura uruguaya epilogado con la ejecución de la prisionera, mantuvo el quiebre diplomático durante nueve largos años. Para nuestra vergüenza, hoy, ante inversas circunstancias, aquel gesto de dignidad no es correspondido por nuestro gobierno, silencioso y esquivo ante el sufrimiento del pueblo hermano.

Nadie puede ignorar la actual situación de ese país. Es fácil sin embargo que en este mundo apurado, la recurrencia en la información lleve a transitar con ligereza por las desgracias ajenas. Especialmente cuando las mismas, como aquí ocurre, se repiten en el tiempo. Sin embargo, no de otra forma que de drama social puede calificarse la coyuntura que en pleno siglo XXI atraviesa el estado hermano. Tan grave que ha ido perdiendo los instrumentos elementales de la vida civilizada, desde alimentos, medicinas o vestimentas hasta los utensilios imprescindibles para la vida cultural, sustituída por la mera supervivencia. Lo mismo sucede con la desaparición de los servicios más vitales, hospitales que apenas pueden asistir a la población, mientras se agotan las vacunas, se dilatan las intervenciones quirúrgicas y los servicios de diálisis apenas funcionan. En una crisis de hambre y miseria e inseguridad, enmarcada por una desatada violencia social, con inéditos índices de criminalidad que más parecen remitir a una situación de guerra interna, como la que soporta Siria o algunas regiones de África, que a una nación moderna, que hasta hace poco se contaba en el grupo con los mayores niveles de ingresos del continente.

La respuesta popular es la protesta, la violencia o la huida. A esta altura se estima que más de dos millones de personas han abandonado el país, sobre una población total de treinta y un millones de habitantes. Incluso Uruguay un clásico país de emigración contabiliza más de veinte mil venezolanos recién ingresados. Ni que decir que este aquelarre socio económico, con un descenso imparable del producto bruto interno, se desarrolla, como era previsible, en una situación política asimismo caótica. Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, en un informe reciente sobre Venezuela, se "identificó la existencia de serias restricciones y actos estatales que afectaron gravemente el ejercicio del derecho a la protesta social y libertad de expresión…" (a la vez que) "resulta alarmante que personas detenidas hayan sido sometidas a actos de tortura, otros malos tratos y violencia sexual". Todo en un clima institucional donde, desde el año pasado, se desconoce al Parlamento legítimamente electo, sustituido por una ululante Asamblea Constituyente, carente constitucionalmente de potestades legislativas, dominada por el partido de gobierno.

El prototipo del golpe de estado latinoamericano, solo que en el clásico perfil del siglo pasado, satirizado por el guatemalteco Miguel Angel Asturias en "El señor Presidente", un régimen donde el Ejecutivo, a través de Nicolás Maduro, concentra todos los poderes incluyendo los del judicial. Su última jugada ha consistido en adelantar las elecciones presidenciales y simultáneamente proscribir a los rivales electorales más prestigiosos, para así, sin competencia, asegurar su reelección. Todo lo cual, según la Comisión Interamericana "muestra un desprecio por el estado democrático de derecho y valores consustanciales a éste como el pluralismo político, el respeto por la dignidad de la persona humana y el principio de legalidad en la actuación estatal." Un triste y solitario final para un estado que en sus mejores momentos -cuando Chávez a golpe de petrodólares proclamaba el socialismo del siglo XXI para todo el continente-, prometía, nada menos, que una nueva fundamentación para la izquierda universal. En una invitación, que dejaba de lado al derrotado socialismo soviético e inauguraba un flamante camino para la justicia social.

Al día de hoy toda esta deprimida experiencia que inauguró el "progresismo latinoamericano", es una ruina nostalgiosa, de la que apenas quedan restos en Bolivia, en la fosilizada Cuba, o en la penosa Nicaragua de Ortega; todas ellas fuera del tiempo o dedicadas al perfeccionamiento del socialismo aymara. Variante folklórica del bolivariano de Chávez. En medio de este derrumbe Uruguay ha adoptado reacciones aisladas, por ejemplo cuando demandó a Maduro, disculpas que nunca recibió, por insultar a nuestro Canciller. O cuando, en un inusual arranque de independencia, pronto reprimido, votamos por suspender a Venezuela del Mercosur. Hoy día arrepentidos, en contra del crítico sentir de más de quinientos millones de latinoamericanos que componen el grupo de Lima, Uruguay guarda un vergonzoso silencio y propone, como si nada pasara, que Maduro concurra a la próxima reunión interamericana de Lima. Como justificación de su mutismo alega el antiimperialismo, el principio de no intervención y la voluntad de evitar pronunciamientos que obsten a que los venezolanos transen libremente sus diferencias. Por más que parezca difícil que lo logren antes que el hambre, la miseria y el autoritarismo terminen con ellos.

La posición uruguaya amerita el más profundo de los repudios. Concluye disimulando, dejando a un pueblo hermano, que vive las que probablemente constituyan las peores circunstancias de su historia, librado a su suerte, sin siquiera apoyar una muestra verbal de solidaridad continental. Lo hace ignorando que la Cumbre de Quebec y la Carta Democrática Interamericana de 1991 establecen el poder-deber de sus integrantes de propiciar la democracia en el continente. Actuar de otro modo, como implícitamente propicia el gobierno uruguayo, con un discurso hipócrita, titubeante, sibilino y contrario a derecho, implica rendirse a las imposiciones de algunos partidos frentistas que, aferrados a ideologías prepaleolíticas, aún no se enteraron de la caída del muro de Berlín. Confirman con ello una situación desmoralizadora, de aislamiento temporal y físico, que rompe nuestras más caras tradiciones.

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