Hebert Gatto
Hebert Gatto

Donald Trump, el depredador

No es excesivo sostener que la llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos constituye uno de los acontecimientos más traumáticos de los últimos años.

Con pocas consecuencias para bien y muchas para mal. Aún cuando, si aligeramos el juicio, pueda argumentarse que su elección coincidió con un mal momento de la historia de la humanidad.

También cabría argumentar, como hizo Marx, que sin Bonaparte, igual la revolución francesa habría generado su símil. O razonando a contrario, concluir que si la fiebre no hubiera terminado tan tempranamente con Lenin, casi nadie conocería a Stalin, un oscuro secretario del Partido.

Lo cierto es que los procesos históricos no siempre aguardan a sus eventuales ejecutores, a menudo son consecuencia de procesos evolutivos que maduran lentamente de forma anónima; lo que no impide que también el azar, la casualidad o la genialidad jueguen su rol en el devenir histórico. Ni que el antihéroe, mal que le pese a Carlyle, tenga un lugar en la historia.

Esto último seguramente explique que la presidencia de los EE.UU. esté en manos de una figura poseída por un nacionalismo paranoico, que adelantado en el "América first", consiguió estimular la hostilidad y la xenofobia ya existente en la parte más retardataria de su tribu, luego seguida por muchos de los populismos de Occidente. Con el resultado que un liderazgo infantil, de outsider fronterizo, contagie a más gente de la que era previsible.

Aún cuando el nacionalismo —seamos claros—, una extraña enfermedad que aqueja sin excepción a los colectivos humanos no comenzó con Trump, admite lejanos antecedentes, si bien se conviene que surgió como tal con la revolución industrial y desde entonces, al clamor de la patria, propició los peores conflictos humanos, con ochenta millones de muertos, solo en la pasada centuria.

A fines del siglo XVIII no solamente estaba activo sino que desde las primeras décadas del XX ya presentaba sus características más urticantes, por más que operara desde la sombras, agazapado tras el clamor de las ideologías que esbozadas en la primera guerra, chocaron de frente en la segunda, para concluir con el desenlace de la guerra fría.

En el caso del fascismo, se trató del ataque más devastador contra los ideales de la ilustración plasmados en las grandes revoluciones atlánticas. El intento explícito de sustituir la democracia y los derechos del hombre por una entidad metafísica, un constructo genérico imaginario, de hecho inexistente: la raza germánica como distintivo biológico del pueblo germano. Desde esa presunta comunidad de sangre y corazón, la historia se presentó como la lucha entre razas con la final apoteosis de los arios occidentales agrupados en el Estado fascista.

Por más que, más allá de esta mitológica verborragia que reinventó la historia desde sus orígenes, lo que subyace es el crudo intento de la mayoría de los alemanes, previa eliminación del "obstáculo" judío, de convertirse en el pueblo dominante de Europa. Una hegemonía que se saldó con su derrota en la segunda guerra. Entre los escombros de Berlín y la tragedia de Auschwitz, concluyó la fábula de los superioridad aria, pero no el nacionalismo.

Por su lado la revolución soviética, la primera protagonista del conflicto ideológico del siglo pasado se fundó en otro mito, aparentemente más consistente pero igualmente falso: el de la clase —no ya como agregado estadístico o cultural— sino como protagonista necesaria de los procesos civilizatorios.

En Marx la historia se mimetiza con lucha de clases, entendida como enfrentamiento entre una burguesía propietaria de los medios de producción y el proletariado, dotado únicamente de su fuerza de trabajo. En este caso, así se publicitaba, no se trataba de destruir los logros de las revoluciones y la ilustración sino de completar su tarea, superando al liberalismo. La lucha política, la transformación de los hombres en ciudadanos constituía sólo la primera parte de la gesta liberadora. La más efímera. Para cerrarla era imperativo exterminar a la burguesía explotadora, otorgando el protagonismo político a la clase obrera, que al consagrar la sociedad sin clases concluía la gesta revolucionaria enterrando al capitalismo.

Como todos sabemos el proceso no terminó con la sociedad sin clases sino con la fundación del expandido imperio soviético, cuya conservación, de Stalin en adelante, constituyó el esfuerzo principal de los partidos comunistas. Agentes soviéticos en el mundo. En los hechos la clase trabajadora no desapareció con la expropiación de los medios de producción, sólo cambió de agente explotador, primero el estado soviético, paso seguido la camarilla que lo dirigía, Stalin como última estación. El mito se disipó refutado por la historia, pero el nacionalismo subyacente sobrevivió a su final. La Unión Soviética colapsó, sustituida por la Federación Rusa que siguió y amplificó su misma práctica.

Ejemplos, la reciente anexión de Crimea, su agresividad con Ucrania o su aventura siria. Por su lado los partidos tradicionales de centro, a priori favorecidos por la derrota de los extremos, no aprovecharon la ventaja. Las burguesías nativas se mostraron incapaces de impulsar el crecimiento de la economía-mundo capitalista y desde el ochenta en adelante, terminaron abriendo paso a la actual decepción de las masas, hoy día agravada por el estancamiento, los fenómenos migratorios y la desigualdad creciente.

En síntesis fascismo y comunismo cobijaron y ocultaron bajo su retórica un nacionalismo egoísta, que sigue constituyendo, sin disimulos, el principal enemigo del liberalismo humanista en retirada. El integrismo musulmán, Donald Trump y los populismos que sucedieron al totalitarismo del siglo XX son sus actuales representantes. A todos los subyace el flagelo nacionalista. El enemigo jurado de un mundo multilateral y humanista, tendiente a la paz perpetua que avizoraba Emannuel Kant.

No por casualidad, los populistas anti sistema de Francia, Holanda, Dinamarca, Polonia, Inglaterra o Hungría pretenden terminar con la Unión Europea, que aún con sus carencias constituye el primer intento destinado a superar un mundo de naciones enfrentadas. O lo que es aún peor, un mundo dominado en exclusividad por una sola nación bajo la dirección de un pos fascista.

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