Hebert Gatto
Hebert Gatto

Sobre dioses y tumbas

Esta no es una nota sobre Diego Armando Maradona, aunque lo aluda.

Más bien se propone entender, si ello es humanamente posible, porque en pleno siglo XXI, en tiempos pos ilustrados, los pueblos necesitan crear héroes y erigirlos en mitos. Una conducta proyectiva que alcanza proporciones patológicas cuando estos semi dioses descollan como deportistas, particularmente en el fútbol, el mayor espectáculo comercial de la historia.

La muerte de Maradona afectó al mundo. En Oslo, en Nueva York, en África o en Kuala Lumpur, los medios de comunicación destinaron columnas a opinar sobre el hecho. Acaba de viralizarse una foto donde un habitante de una aldea Siria destrozada por las bombas pinta su imagen en los restos de una semiderruida pared. En la Argentina, la cuna del héroe, las multitudes en directo riesgo de muerte -se habla de un millón de personas desafiando la pandemia- se auto convocaron para homenajearlo. El gobierno asumió el hecho: tres días de duelo oficial. Durante el sepelio masas enfurecidas asaltaron la casa de gobierno. Se rebelaron contra la muerte. La suya y la del semidios.

Estas manifestaciones tienen antecedentes. Cuando murió Rodolfo Valentino, símbolo del amor pasional, la muchedumbre desesperada desbordó Broadway. Se contabilizaron decenas de suicidios, según la leyenda, todos ellos de mujeres. En 1953 el sepelio de Stalin, el siniestro dictador soviético generó una gigantesca concentración popular donde fallecieron aplastados por la multitud una cantidad indeterminada de participantes. Aunque menos que los cientos de miles que Koba mandó ejecutar. En todos los casos el dolor se generalizó entre los más inermes, los menos preparados culturalmente para resistirlo.

Por su lado, es igualmente conocido que las sociedades humanas, tanto las actuales como los primitivas, destacan las habilidades físicas. Los griegos premiaban a los atletas olímpicos. Lo mismo ocurría en Roma con los gladiadores exitosos. Sansón, el héroe bíblico, destruyó un templo enemigo con sus manos. El Cid, ya muerto, a lomo de Babieca, derrotó a los moros. A su vez, las sociedades a medida que se complejizan se fracturan: clanes, tribus o fratrías guerrean o más civilizadamente, compiten entre sí, reivindicando su identidad. Tales particularismos no se borraron con la modernización ni esto ayudó (por lo menos uniformemente), al progreso civilizatorio.

Los pueblos siguen premiando la destreza física, no así, en igual medida, las cualidades morales o intelectuales. Los enfrentados equipos deportivos son prueba de ambas supervivencias. En ellos, los genéticamente dotados de mejores reflejos, mayor velocidad y más eficaz coordinación muscular, son los preferidos. Cuando sus actitudes resultan sobresalientes son objetos del mito y dejan la humanidad para ingresar al panteón de los semi dioses del clan. El escalón siguiente es personificar exitosamente a su nación. Cuando lo consiguen, trascienden a su tribu e ingresan en la historia grande. Sus hazañas son de todos, sus miserias de nadie. Aquiles fue el mayor héroe militar de los griegos. Hoy día cuando, normalmente, aunque no siempre, el fútbol sustituye a la guerra, Maradona escaló al Olimpo. Para él, uno del siglo XXI, picarón, con tangos, mate, gambetas y algún compás de Troilo.

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