Hebert Gatto
Hebert Gatto

Un debate frustrado

Si algún optimista esperaba que el debate entre candidatos arrojara resultados electoralmente significativos o al menos permitiera evaluar más cercanamente la capacidad de sus protagonistas, su temple, su sagacidad o su control emocional, no parece que pueda sentirse satisfecho.

El acto se redujo a dos discursos simultáneos, donde fueron muy escasas las oportunidades para que los contendientes, prisioneros de sus libretos, cruzaran argumentos o se emplazaran realmente el uno al otro. Fuera de las limitaciones generales de cualquier debate, que rara vez resultan decisivos para modificar el ánimo de los electores, creo que dos factores en concreto incidieron en este pobre desenlace.

El primero, la forma pactada entre partes y medios. Con una escenografía extraterrestre que transformaba a los oscurecidos contendientes en dos desarraigados trasladados a un lejano espacio exterior. Con olvido que los políticos no son objetos sometidos a reglas publicitarias. A ello se sumó la imposibilidad absoluta de interrumpirse, tan natural en un encuentro de este tipo, y la fijación de temas previos -no siempre deslindados con claridad- de los cuales, aparentemente, los candidatos no debían apartarse. Si a ello le sumamos el injustificado e incesante relevo de periodistas, como recordatorio de los medios organizadores, asistimos a lo que quiso ser un debate y apenas fue una rígida exposición conjunta de programas, con esporádicas remisiones de cada debatientes a los presuntas debilidades del otro.

El segundo elemento, que quitó filo a la controversia, fue la naturaleza misma de las respectivas propuestas. Pese a los esfuerzos de Martínez, que alegaba la confrontación entre dos modelos opuestos en sus rasgos fundamentales, actualmente ello no es cierto. La izquierda, desde 1989 en adelante, se transformó en una “aggiornada” socialdemocracia, mientras lo mismo ocurrió con la mayoría de la derecha y del centro que paulatinamente giraron hacia el “welfare state”. Por ello ambas coaliciones se asemejan definiéndose por sus preocupaciones sociales, así como por el estado constitucional de derecho. Sus diferencias son de detalle y no referido a la teoría (ambas son modelos capitalistas), sino a su aplicación. Otra historia explica el papel del populismo conservador.

Todo se conjugó para que el debate no levantara vuelo. Lacalle es mejor polemista que Martínez. Así se notó claramente en el primer acto del encuentro, donde contrastó claramente con la rigidez y el azoramiento del frentista. Más tarde, sin dejar de estar ligeramente mejor, resignó parte de su ventaja. Fundamentalmente en campos como la violencia ciudadana y la educación, donde la gravedad de la situación militaba a favor de Lacalle. O, lo que es difícil de entender, omitió temas como la descomposición de las pautas de convivencia del país (demostración de la limitación de las políticas sociales del gobierno), o lo relativo a su inserción internacional, donde actúa impelido por una incomprensible apego a la dictadura venezolana, aislando al país.

También evitó el tema de las relaciones entre gobierno y movimiento sindical (ese sí anclado en los sesenta), un asunto que sí marca diferencias entre ambas propuestas. Tal el resultado de un debate que, lejos de ser profundo, debió culminar con una mayor ventaja para el desafiante.

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