Hebert Gatto
Hebert Gatto

Cataluña en el banquillo

Con excepción de Carles Puigdemont, y unos pocos políticos más, diez de los más importantes dirigentes de la revuelta independentista catalana están siendo juzgados en Madrid por el Tribunal Supremo.

 Los cargos meten miedo, desde Rebelión: aquellos que violenta y públicamente decidieron declarar la independencia de su territorio, hasta Sedición: para quienes sin estar comprendidos en la rebelión se levantaron para impedir el cumplimiento de las leyes.

Entre veinticinco años de prisión para Oriol Junqueras, hasta un mínimo diez y seis para la mayoría de los restantes imputados es la desoladora contabilidad que les aguarda si fueren declarados culpables.

Tanto para los independentistas como para sus opositores españolistas el juicio es un parte aguas, sus respectivos futuros se relacionan con la sentencia. No porque la misma, sea cual sea su resolución, ponga fin al diferendo, sino porque marcará un hito en un enfrentamiento que, con diferentes énfasis, se arrastra desde hace más de dos siglos y medio. Para ambos grupos, la cuestión implica un problema existencial.

Para unos se juega la indemnidad de su patria, el elemental y básico derecho a mantener su integridad sin amputaciones ni deserciones. Muchos de los catalanes, por el contrario, sienten que aquí está en juego su dignidad como pueblo, la necesidad de vivir en libertad sin imposiciones ajenas. Las tumultuosas manifestaciones que en uno y otro sentido acompañan el proceso son muestra de su relevancia. El choque sin atenuantes entre dos perspectivas de vivir su nacionalismo. Para unos como liberación, como pérdida para los otros.

En ese plano el diferendo tiene visos de tragedia, un conflicto emocional colectivo que explotó en el siglo XVIII y probablemente, pese al cambio de los tiempos, se prolongará sin solución, durante un lapso indefinido. Ningún argumento racional convencerá a los contendores.

Para los observadores imparciales, aún admitiendo las ambigüedades y dificultades de toda objetividad, las visiones deben ser diferentes. En este plano los independentistas apoyan su posición en un principio respetable, con prestigio y prosapia internacional: la cláusula de autodeterminación. El derecho de los pueblos a decir libremente su condición política. A su vez los españolistas se apoyan en otro principio igualmente consagrado: el derecho de todo estado a su integridad territorial. ¿Cuál de ambos debería primar?

España no es ni una federación de estados o provincias con reserva de salida pactada, ni Cataluña una colonia o una minoría nacional sometida a discriminación o mal trato. Ambas, condiciones alternativas para aplicar la cláusula de autodeterminación. Por ello, una secesión territorial en España sólo puede ser acordada democráticamente por la totalidad de su ciudadanía. No únicamente por el colectivo que la pretende. Hacerlo, como se hizo, implicó una burla a los ciudadanos excluidos: para el caso la mayoría de ellos.

En tales condiciones es obvio que los independentistas catalanes, al declarar desde su gobierno regional la independencia, alegando su validez jurídica, atentaron contra la soberanía de su país y sustituyeron a sus autoridades legítimas. Desgraciadamente es tal la fuerza del nacionalismo, que, pese a su obviedad, ello difícilmente sea entendido. Malos tiempos para la madre patria.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)