Hebert Gatto
Hebert Gatto

Las caras del socialismo

Resulta notorio que la izquierda, tanto europea como latinoamericana se encuentra en situación de crisis, entendiendo por tal su incapacidad para formular un proyecto socialmente creíble, apto para movilizar votantes. Y ello pese a que hasta hace muy poco tiempo, particularmente en nuestro continente, su versión populista se destacaba como un suceso modélico, capaz de expandirse al resto del mundo.

Resulta notorio que la izquierda, tanto europea como latinoamericana se encuentra en situación de crisis, entendiendo por tal su incapacidad para formular un proyecto socialmente creíble, apto para movilizar votantes. Y ello pese a que hasta hace muy poco tiempo, particularmente en nuestro continente, su versión populista se destacaba como un suceso modélico, capaz de expandirse al resto del mundo.

Sin embargo, y de modo inesperado, todo culminó con el rápido eclipse de sus propuestas. Aun cuando las mismas parecieron por un momento capaces de quebrar el ciclo de alternancias que en nuestro continente comenzó con las dictaduras militares, siguió con el posterior impacto de la implosión comunista, la vuelta a la democracia mediando los ochenta, el acotado impulso neoliberal de los noventa y la refulgente y aparentemente estable refundación de la izquierda en los tres primeros quinquenios del nuevo siglo. En lo que amagó ser un despertar “progresista” de largo alcance, hoy aparentemente frustrado.

Hasta la mitad del siglo pasado, para la izquierda, el comunismo en versión escolástica marxista, aparecía como el sentido común de su época. Capaz de concretar la sociedad sin clases estatizando la economía, bajo la dirección de las filiales locales del partido soviético. A su lado, pero cuidando su independencia se situaban los partidos socialistas, muchos de los cuales, a partir del impacto generado en 1959 por la Revolución Cubana, terminaron por conformar la izquierda guerrillera continental perdiendo los atributos democráticos que les restaban. En este contexto, para los comunistas, el socialismo era la transición al comunismo (dictadura del proletariado mediante), mientras para los partidos socialistas, que no escindían la revolución en dos etapas, era su culminación: la estancia de socialización (no de estatización) de la economía. Ambos apelando al Marx auténtico.

Reinstaurada la democracia, los socialistas, derrotados militarmente, depusieron su belicismo aunque siguieron aferrados al anticapitalismo, al que desde entonces combinaron con la democracia política. Con la consecuencia que su socialismo, cuya implantación difirieron “para cuando las circunstancias objetivas lo permitieran”, perdiera consistencia.

Por su lado los otros socialistas, aquellos separados de sus pares soviéticos desde la Primera Guerra, habían ingreso tempranamente en la Social Democracia, adoptando un anticapitalismo retórico, la democracia liberal y un marxismo contrario a Lenin de baja intensidad. Una incómoda combinación que mantuvieron hasta la sexta década del siglo pasado. A partir de entonces, cansados de luchar con la realidad, renunciaron definitivamente al marxismo para inclinarse por un capitalismo keynesiano apoyado en un fuerte reformismo social. En los hechos, en una militancia denodada que les insumió más de sesenta años, llegaron, muy a su pesar, a constatar la incongruencia entre democracia liberal y socialismo. Por más que muchos de sus partidos, siguieron autodenominándose socialistas, sin advertir que este no era armonizable con una economía capitalista por más reformas que esta admitiera. Aún así este pronunciamiento les supuso exiliarse de la izquierda para pararse en el centro del espectro político.

De hecho los socialdemócratas no fueron capaces de asumir las lecciones derivadas de su propia práctica política, preservando mitos que no se compadecían con las políticas que ejecutaban. Aun cuando lo hicieran convencidos que de ese modo exorcizaban las peores consecuencias del capitalismo que adoptaban. El resultado fue que el socialismo también aquí perdió su identidad. Las marcas que habían señalado durante más de un siglo lo que el socialismo significaba. Que seamos justos, tampoco habían sido claras ni en su versión comunista, ni en el socialismo guerrillero, ni en el propio Marx.

Finalizado el predominio del neoliberalismo de fines de siglo veinte como política económica, gradualmente y sobre sus ruinas fueron accediendo al poder figuras como Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, Lula da Silva en Brasil, Néstor Kirchner en Argentina, Rafael Correa en Ecuador o Daniel Ortega en Nicaragua, encabezando gobiernos populistas, decididos a incursionar, bajo la guía de sus presidentes, por el proclamado camino de una renovada izquierda antiimperialista. Se sirvieron para ello de un nuevo instrumento, el “socialismo del siglo XXI”, en el cual mezclaron, más en el plano semántico y declarativo que en la realidad, ideologías como el marxismo, religiones como el cristianismo, valores como la solidaridad, modalidades como la autogestión y el cooperativismo, bondades como la participación y lacras como el nacionalismo y el personalismo de sus líderes. A esa mezcla, basada en la bonanza exportadora del hemisferio, la llamaron socialismo.

No es aquí el lugar para su crítica, en su mayoría efectuada en cada caso, por sus propios pueblos. Alcanza con observar que ninguno de tales movimientos, fuera de los infaustos modelos soviéticos, logró en toda su historia, concretar nada que se pareciera al anticapitalismo que prometía. Lo que sí es atingente a estas reflexiones es observar cómo el populismo levantando una nueva concepción del socialismo, bajo la guía oracular de líderes carismáticos, nuevamente mutó su sentido. Supuso, en variopinta combinación tanto la estatización de los medios, como su socialización, la sociedad sin clases, la reivindicación de pueblos y etnias sojuzgadas, la sociedad de los productores asociados, la participación, la realización humana, el fin de la maldad social sobre la tierra. La promesa infinita.

Lo cierto es que más allá de su sostenida crítica al capitalismo, pasados doscientos años, la izquierda no logra formular un diseño definido para encauzar sus aspiraciones. Ni siquiera, como vimos, consigue definir su meta. Especialmente ahora cuando, separándose de su pasado, pretende conseguirla mediante la democracia, un modo de elección fundado en la veleidosa voluntad humana.

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