Hebert Gatto
Hebert Gatto

Un cambio imperativo

Según las últimas encuestas, bastante diferentes entre sí, en primera vuelta el Frente promedia el 36% de votos, los blancos el 27%, los colorados 12% y los cabildistas un 10%.

Otros partidos 6% e indecisos y en blanco, algo más de ocho. Estas cifras aún admiten ajustes.

Al presente, sobre finales del período electoral señalan una tendencia al crecimiento del Frente Amplio, que evaluada a mitad de octubre, no supera los tres o cuatro puntos. Aún así la coalición antioficialista (o más correctamente la suma de votantes ajenos al Frente), triunfaría sobre este en segunda vuelta. Pese a declaraciones de colorados de segunda línea, no parecen hallarse entre estos votos frentistas, tampoco entre blancos, cabildistas e independientes. No en números significativos como para modificar los resultados. El ánimo electoral está polarizado. Tales las mediciones, y sus relativas certezas, el resto es “wishfull thinking”.

No obstante, estos resultados habilitan tímidas predicciones: lo esperable, salvo inesperadas modificaciones, es la derrota del FA, por más que lo contrario no luzca imposible. Asimismo, aparentemente, el ganador no contará con mayorías parlamentarias ni el sistema presentará, como tradicionalmente ocurrió, una dinámica de dos o últimamente tres partidos compitiendo, ahora serán cuatro de ellos. Aún cuando, paradojalmente, se anuncie una posterior división entre dos coaliciones parlamentarias. Ese también un fenómeno novedoso.

Bajo estas hipótesis surgen consecuencias adicionales. Si en definitiva triunfa el Partido Nacional en segunda vuelta, será con el aporte de los partidos no frentistas. Si a partir de sus votos Cabildo Abierto conseguirá una coalición parlamentaria y en qué grado, no lo sabemos. En tal caso Manini y su derecha autoritaria constituirá una dificultad para la orientación de la misma. Pese a que hasta ahora sus adherentes, con reducida capacidad propositiva, militaban con escasa influencia en ambos partidos tradicionales. ¿En tal caso, sin mayorías parlamentarias, el país será gobernable? Gane quien gane no será sencillo.

En lo ideológico, visto el derrumbe astorista, al Frente lo domina la izquierda radical (pese a su lenta domesticación) y lo apoya un movimiento sindical paleolítico. Sus reacciones, dada su amplia hegemonía en los movimientos sociales y culturales auguran una dura oposición. Quince años en el poder generan acostumbramiento, arrogancia y una visión de mando difícil de domeñar.

Por su lado a la coalición contraria la influirá la representación final de Manini y su aún indemostrada habilidad política. Pese a que la coherente actitud de Talvi, impulsando su progresismo, pueda dificultar esta posibilidad. También contribuirán, como presencia moderadora, los resultados que obtenga el Partido Independiente en tanto izquierda de la coalición. De cualquier modo si triunfa la oposición, afrontará, especialmente en el área de la enseñanza, grandes dificultades para convivir con los arcaicos sindicatos del área.

Por fuera de estas predicciones, lo indudable es que el Frente debe marcharse y no solamente por su desafortunada gestión. Los continuismos no hacen bien a las democracias. Mucho menos cuando los tres períodos anteriores, supusieron el gobierno de un tipo de izquierda borrosamente impulsada por una constelación marxista en franca retirada en el mundo. Con un accionar que pudo aprovechar la bonanza pero se mostró incapaz de avanzar en climas tempestuosos como los actuales.

A ello suma que en su práctica ha deformado los valores centrales que identificaban a la izquierda clásica, (más acusadamente todavía lo ha hecho con los diseños institucionales con los que prometía plasmarlos, como la sociedad comunista o socialista, por ejemplo). A la inversa, tal como ahora ocurre en el Uruguay, esos mismos valores difundiéndose, han ganado el centro y el centro izquierda del espectro político, habilitando lo antes impensable: una coalición entre blancos, colorados e independientes que adhieren a los postulados progresistas de la revolución francesa, a la identificación con la razón que la ilustración promovió, a la vigencia de la democracia liberal, a la justicia social y a la saludable diferencia entre los seres humanos. Principios, que apoyados en la libertad, la igualdad y la solidaridad, base del estado de bienestar, la izquierda radical hoy olvidó.

En el Uruguay, decíamos, esta izquierda (la de los agentes Trías y Arismendi y luego la de ambos Sendic), la del Partido Comunista y Socialista, junto al MPP y a Casa Grande, ha ido postergando estos valores. Impelida primero por su vergonzosa identificación con la URSS, luego con China, y Cuba y por último con todos los populismos, incluyendo los más crueles de ellos.

Como resultado irrespeta al estado de derecho, respalda a Venezuela, al peronismo argentino, saluda al engendro nicaragüense y culmina con su apoyo a los más retrógrados nacionalismos, como el de Cataluña. En un progresivo deterioro que confunde los ideales universalistas, muchos de los cuales el propio Marx suscribió, con una ideología y una cultura identitaria, que hace que cualquier grupo, por el solo hecho de su presencia, goce de privilegios que atentan contra la igualdad, la libertad y la razón.

En atención a esto, no es erróneo sostener que en el Uruguay, por primera vez en su historia, se enfrentan dos vertientes de la propia socialdemocracia. Una que, con naturales matices, la adopta plenamente, aún con el débito del posible tributo a su minoritaria ala derecha y otra que, habiéndo-la despreciado originariamente como un reformismo (a pesar a que la aplicó desprolijamente y a las calladas en su gestión de gobierno), hoy, confundiendo socialismo con socialdemocracia, adhiere a esta con reservas, al tiempo que promueve propuestas ambiguamente multiculturalistas, nacionalistas, comunitarias y antidemocráticas, reñidas con ella.

Una izquierda que sí muestra lo peor de su rostro en su identificación con las dictaduras latinoamericanas, no desdeña su pasado violentista e impunemente reescribe la historia nacional para justificar su actitud, imposibilitado como está, para renunciar definitivamente a su pecado original: su utópica pero sostenida nostalgia socialista.

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